El día en el que murió Joe Cocker una serie encadenada de pequeños acontecimientos casuales puso en evidencia que, en ocasiones, las cosas ocurren, por algún extraño motivo mucho más trascendental que el mero azar. Inexplicable en cualquier caso.
El día en el que murió Joe Cocker, Andrew Martin se levantó muy temprano para cumplir con la cita que tenía prevista con su cardiólogo desde hacía meses. Andrew, un tipo inglés, natural de Sheffield (Inglaterra) de mediana edad y residente en Manilva en la Costa del Sol española, había sobrevivido a una muerte impensable que mantenía su vida muy pendiente de su salud. La noche que había pasado, como las tres o cuatro precedentes, durmió mal. Muy mal. Antes de poner la vieja cafetera que conservaba desde su ya antigua residencia en su ciudad natal, había conectado, a través de internet con su estación de radio favorita: Sheffield Radio.es. Una emisora consagrada al Doo Wop, el blues, el soul y el pop. Maravillosas canciones de los años 50, 60 y 70. Era una emisora que también sonaba en los bares españoles frecuentados por compatriotas de Andrew. Nada más hacer un click, el locutor británico terminaba, entusiasmado, de presentar una estupenda versión de The Letter de los Box Top a cargo de The Grease Band, una de las primeras formaciones en las que había militado su paisano Joe Cocker. Un entonces espídico chico de imposibles contorsiones. Un chaval que quería ser Elvis y se quedó en lo más parecido a un artista que descubriría la muy postrera New Wave: Ian Dury. El Día en el que murió Joe Cocker, aquella canción, sumada al cargado y sabroso café salido de aquel viejo cacharro, levantaron el ánimo y despejaron el sueño de Mr. Martin. Salió de casa, cogió un taxi y se plantó en el hospital. Andrew recorrió el tramo que separaba su vivienda del Centro médico comarcal en silencio y tarareando, de pensamiento, algunas canciones de Cocker. Un artista que, a la postre, marcaría esa jornada para el resto de sus días. Una de los Beatles, otra de los Stones otra de Billy Preston y Dylan se iban sucediendo a la misma velocidad en su cabeza que sus ojos recorrían el paisaje en movimiento al lado derecho de la carretera. Una circuntancia habitual en España pero todavía curiosa para Andrew. "Señor, hemos llegado", espetó el taxista en un tono ágrio por la actitud del viajero que apenas articuló palabra inmerso en su imaginario universo pop. "Son 50 euros". Andrew pagó y comprobó, no sin cierto estupor, que en la radio del taxi sonaba una original de Joe Cocker. Qué casualidad, murmuró. Entró en el hospital. Subió hasta la consulta de su cardiólogo. Intercambiaron una entretenida conversación antes de someterse, con el pulso acelerado a la cardiografía que hoy le había devuelto al hospital. "La válvula de metal ya vive perfectamente integrada en tu corazón", Dijo con tan aplastante seguridad el médico que tranquilizó de súbito al señor Martin. Andrew se fue sabiendo que su futuro tan inmediato como mediato iba a tener que mantenerle atado a la evolución de su salud. El día en el que murió Joe Cocker transcurrió, a partir de entonces, muy feliz. Andrew volvió al pueblo. Se fue a su bar favorito. Se reencontró con muchos amigos hasta que decidió volver a casa. Le había subido la tensión, se encontraba bastante aturdido. Se puso cómodo y mientras se disponía a comer algo conectó Sheffield Radio.es. El mensaje del locutor le dejó paralizado: Ladys & Gentleman, Joe Cocker is Dead,
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