El viernes día 7 de abril del año 30 del siglo I de nuestra Era, hace ahora 1980 años, era asesinado Jesús de Nazaret a las afueras de Jerusalén. Condenado a muerte por el Sanedrín en un falso juicio plagado de ilegalidades, fue posteriormente conducido a presencia de Poncio Pilato para que éste ordenara ejecutar, cobardemente, la condena a muerte de un inocente. “No veo delito alguno en este hombre”, fueron las palabras de Pilatos, entonces Procurador de Judea.Y a continuación se lavó las manos y dejó a Jesús abandonado a su suerte y al criterio de la chusma que prefirió a un asesino como Barrabás en vez de a un hombre inocente. Era la misma turba que el domingo antes lo había recibido con palmas y aclamado como el Hijo de Dios entre muestras de gran júbilo.
En el juicio más escandaloso y trascendental de la historia de la Humanidad, el Sanedrín violó numerosas leyes del pueblo judío, no menos de una veintena.
Aunque el juicio se recubrió de apariencia legal, la sentencia ya estaba dictada de antemano, para lo cual el sumo sacerdote Caifás y sus compinches no dudaron en vulnerar todas las leyes y preceptos judíos.
El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos y lo formaban setenta y un miembros repartidos en tres cámaras: la de los sacerdotes -la más importante-, la de los escribas y la de los ancianos.
El sumo sacerdote en esos años era, como ha quedado dicho, Caifás y fue él quien presidió las deliberaciones contra Jesús, que acabaron en su condena a muerte por crucifixión.
Entre las normas que regulaban el funcionamiento del Sanedrín como tribunal penal, estaban las siguientes.
El Sanedrín no podía juzgar ni reunirse en sábado ni en día de fiesta; tampoco lo podía hacer en la víspera de un sábado o de un día de fiesta. El juicio contra Jesús de Nazaret comenzó un viernes de madrugada.
No podía instruir un asunto capital durante la noche, ni comenzar la sesión antes del sacrificio matutino y continuarla después del sacrificio vespertino; sin embargo, el juicio contra Jesús comenzó a la una de la madrugada y se prolongó hasta el amanecer del día siguiente.
Los testigos debían ser dos, como mínimo. Declararían por separado y en presencia del acusado. Se les tomaba juramento y sus declaraciones debían ser coincidentes en todo; de lo contrario, sus testimonios se anularían. Por ejemplo, si se acusaba a alguien de idolatría, delito gravísimo, y un testigo decía que el reo adoraba al Sol y otro testigo a la Luna, la acusación se anulaba.
Si se debatía una sentencia de muerte, ésta sólo podía dictarse al día siguiente del juicio. Además, los jueces tenían que reunirse por parejas para volver a analizar la causa, a fin de garantizar su ecuanimidad.
La ley les prohibía beber vino y darse comilonas.
Cuando llegaba la votación, un escriba anotaba las absoluciones y otro escriba las condenas.
Para aprobar la pena capital, los votos favorables tenían que superar en dos a los absolutorios, y la condena habría de pronunciarse en la llamada sala Gazit o de sillería, una de las dependencias del Templo.
Caifás se erigió en juez, parte y fiscal. Interrogó a Jesús a la vez que se sentaba entre los jueces.
Los miembros del Sanedrín permitieron que un guardia abofetease al acusado.
Los guardias del Templo presentaron a individuos del populacho como testigos falsos de cargo y muchos de ellos se contradijeron en sus testimonios; dos de estos testigos llegaron a declarar juntos.
Todo ello contravenía las normas y las garantías de un juicio justo. Sólo por las contradicciones entre los testigos, Jesús de Nazaret debió ser absuelto sin más.
Ante el silencio de Cristo, Caifás trató de hacerle hablar: “Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías”. Como sabemos los que nos dedicamos al mundo del Derecho, a los testigos se les debe hacer jurar para que digan la verdad, pero no a los acusados, porque si no se les pondría en la disyuntiva de cometer falso testimonio o acusarse a sí mismos. Una nueva y flagrante ilegalidad cometida en el juicio contra el inocente Jesús de Nazaret.
Cuando Cristo respondió “Soy yo”, Caifás se rasgó sus vestiduras, vulnerando así no sólo los más elementales códigos de conducta, sino el mandato que le prohibía romperlas, porque representaban el sacerdocio.
Caifás calificó él mismo el delito, exclamando: “¡Blasfemo!”. Además, detuvo el juicio diciendo: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?”. Y pidió a continuación la opinión de los demás jueces: “¿Qué os parece?”. Es decir, Caifás acusó, enjuició y dictó sentencia condenando a muerte a Jesús. Mayor aberración jurídica no cabe.
Los miembros del Sanedrín dictaron la sentencia de muerte sin deliberación, en el acto, sin esperar al día siguiente, y de manera tumultuaria, todos a la vez. Tampoco aparecieron los dos escribas que anotaban los votos y daban fe del resultado de la votación.
Al día siguiente, el Sanedrín se reunió para debatir cómo presentar al pueblo judío la condena a muerte de Jesús, totalmente nula por la cantidad de irregularidades cometidas. La reunión comenzó al amanecer, antes del sacrifico matutino y el día de la gran fiesta de Pascua. Dos vulneraciones más.
Otra clamorosa ilegalidad que se cometió en el simulacro de juicio consistió en que la sentencia de muerte se dictó en la casa de Caifás (el evangelista Juan dice que primero llevaron a Jesús a la casa de Anás, el suegro de Caifás, pero que luego lo trasladaron a la de su yerno), cuando sólo podía haberse dictado en la sala de sillería del Templo.
Es como si los juicios en Ceuta se celebraran en el patio de la casa del juez, en vez de celebrarse en la sala de vistas del juzgado.
Así aparece escrito en el Evangelio de San Juan: “Llevaron a Jesús desde casa de Caifás hasta el pretorio de Pilatos”. De esta manera, Cristo pasó de las manos del Sanedrín a las de Roma, porque el Imperio romano había arrebatado a las autoridades judías el derecho de dar muerte a los condenados (ius gladii). Los ejecutores de la condena tenían que ser los romanos, y para persuadir a Poncio Pilato, que no encontró culpa en Jesús, los sacerdotes judíos organizaron, por medio de sus criados, un motín para forzarle a crucificar a Jesús de Nazaret, como así fue, finalmente; habiendo cedido cobardemente Pilatos a las presiones de los sacerdotes.
En el juicio contra Jesús, se violó el principio de imparcialidad. Jesús de Nazaret fue juzgado por sus enemigos, que se habían convertido, así, en fiscales, jueces y parte.
Se violó el principio de publicidad. El juicio se tenía que haber celebrado ante el pueblo, pero se hizo en la casa de Caifás, a puerta cerrada, sin la presencia del pueblo.
Se violó el principio de diurnidad. La noche era momento inhábil para las actuaciones judiciales. Éste es un principio del derecho hebreo que fue vulnerado de manera escandalosa, ya que el juicio contra Jesús se hizo de noche, de la una de la madrugada hasta el amanecer.
También se violó el derecho de defensa. En el juicio se vulneró de una manera flagrante, infame y reiterada el derecho de defensa del acusado. No se le permitió ser defendido por un abogado. En aquella época existía en Roma y sus provincias la figura del defensor de la plebe (defendis plebiis), una especie de abogado del turno de oficio; pero éste no fue avisado para que asistiera al juicio y defendiera a Jesús, por lo que a Cristo no se le permitió presentar testigos de descargo ni proponer ningún otro tipo de prueba. A Jesús de Nazaret no se le permitió presentar pruebas testificales, la ley exigía testigos de descargo que pudieran contradecir a los testigos de cargo. Las acusaciones se fundaron en testigos falsos y, cerrada la instrucción del procedimiento, se admitieron nuevos testigos, igualmente falsos.
Se violó el derecho a un proceso con las debidas garantías. Según las leyes vigentes en aquella época, tampoco se podía celebrar ningún juicio en sábado o día de fiesta, o en la víspera de éste; resultando que el juicio a Jesús se hizo en víspera de fiesta.
Se violó el principio de legalidad. A Jesús se le condenó a una pena no prevista en las leyes hebreas. Los judíos condenaron a Cristo por blasfemia, un delito que no estaba previsto en el derecho romano como delito religioso, a la pena de crucifixión, que tampoco estaba prevista en el derecho hebreo, sino que la pena prevista era la de lapidación (apedreamiento). La pena de crucifixión tampoco estaba prevista en el derecho romano para delitos religiosos como la blasfemia.
Se violó el principio acusatorio. Existe una vulneración del principio acusatorio cuando la sentencia condene al acusado por un hecho que no haya sido objeto de acusación. A Jesús se le acusaba, en principio, de un delito de blasfemia, pero el Sanedrín, arteramente, para conseguir que Poncio Pilato diera su conformidad a la ejecución de la pena de muerte, lo acabó condenando por sedición, un delito político. Es decir, cambiaron en el último momento la acusación fundamental que era la de blasfemia, por la de sedición.
Tanto el orden legal judío como el romano fueron violados con el único objetivo de satisfacer los intereses espurios de Caifás y de sus compinches, ya que Jesús de Nazaret representaba una amenaza para ellos. El Sanedrín y Poncio Pilato cometieron dos execrables delitos: Uno de prevaricación y otro de asesinato con la concurrencia de las circunstancias de alevosía, ensañamiento y recompensa.
Existió prevaricación porque ambos, a sabiendas de su injusticia, dictaron una sentencia condenando a muerte a Jesús de Nazaret y lo dejaron morir en la cruz.
Hubo alevosía porque en la muerte de Jesús sus ejecutores emplearon medios y formas que aseguraron la ejecución sin ningún riesgo para sus personas, ya que Cristo estaba clavado en la cruz sin ninguna posibilidad de defenderse de sus verdugos.
Hubo ensañamiento porque a Jesús se le aumentó deliberada e inhumanamente el sufrimiento, causándole terribles padecimientos innecesarios para la ejecución de la pena de muerte. Recuérdese que todavía con vida le clavaron una lanza en el costado y le dieron de beber hiel en vez de agua.
Y hubo recompensa para el Sanedrín porque éste se libró de una persona que les hacía la competencia, que era una amenaza para ellos; siendo ésta la verdadera causa de la infame actuación del Sanedrín, apartar a un rival que veían como un enemigo, al que el pueblo en masa seguía. También pensó Poncio Pilato que habría recompensa para él en forma de continuar en el cargo de Procurador de Judea. Pero se equivocó, ya que poco tiempo después fue destituido por el emperador Tiberio por los múltiples atropellos y muertes indiscriminadas que había ordenado ejecutar durante el periodo que duró su cargo.
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