Los leones fueron lanzados al anfiteatro, buscando una celebración, dentro de un espectáculo de gran dimensión, donde la sangre corriera por la arena, y los presentes quedarán impresionados.
Para nadie podía pensar en esos gladiadores que con su fuerza, colaboración, entre ellos, y la paciencia de unos héroes, fueran capaces de resistir a un asedio, con esas garras mortales y unos dientes llenos de odio y hambre.
Allá el miedo se notó, pero el coraje, las ganas de seguir viviendo, hizo una tarde tan fantástica para esos luchadores, que aunque fueran pocos y las fieras muchas, se proclamaron campeones, por aunar eso que los hombres tienen, y las fieras no.
La unión de un pueblo que está acostumbrado a tenderse la mano, en ayudas, colaboración y entendimiento, ya que ante todo eran hermanos, y su entender ante la guerra, les bastó para formar sociedades y hacer un arma nueva de fuerza, inteligencia y astucia.
Fueron largas esas horas, pero poco, a poco, se fueron los cauces a esa paz, que todos añoraban.
Sudores, lágrimas, intenciones y mucho derrame de su propia sangre, pero lo principal es cuando se van de la arena a sus habitáculos, con la sonrisa del trabajo en común bien hecho, y las ganas de seguir viviendo un nuevo día, que en aquella época era decir: "Gracias Dios mío por tu protección".
Sus propios recursos, fueron suficientes y no hubo refuerzos, aunque lo hubieran deseado. Pero así es la vida, tan cruel y despiadada, pero con treguas, para hacer balance y sorprenderse por lo que se puede hacer con la colaboración de todos.
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