Categorías: Opinión

¿Educar en valores?

Existen innumerables maneras de definir la educación. Sintetizando los elementos comunes a todas ellas, podríamos decir que la educación es un proceso a través del cual las personas aprenden saberes y experiencias básicas, desarrollan sus habilidades y capacidades, y adquieren los valores que les permiten desarrollar satisfactoriamente su proyecto de vida plenamente insertados en la sociedad de la que forman parte. No es necesario extenderse en la argumentación sobre la importancia que en el contexto histórico actual ha ido adquiriendo el componente de la definición que hemos denominado “educación en valores”. La democracia no se hereda ni surge espontáneamente, sino que es una construcción permanente de las personas que creen que todos los seres humanos son iguales en derechos y dignidad. Por este motivo, la educación en valores ocupa un lugar prioritario en nuestro sistema educativo reflejado en las leyes que lo regulan. Las niñas y niños no sólo tienen que saber matemáticas o biología, sino que también tienen que entender qué es la solidaridad, qué son los derechos humanos y qué significa el respeto a la diferencia. Nos consta que en los centros públicos esto se intenta. Con mayor o menor fortuna; con más o menos éxito; con sus casos de excelencia y con los de omisión; pero como regla general, podemos asegurar que forma parte de la actividad docente cotidiana.

Sin embargo, este hecho es preciso ponerlo en concordancia con las dinámicas sociales en las que el alumnado desarrolla su vida más allá de las aulas. No sólo se educa en los colegios e institutos; también (y cada vez de manera más influyente) se educa en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los lugares de ocio, en las calles, en las casas…

¿De qué sirve que en los colegios e institutos de nuestra ciudad el profesorado se empeñe en fortalecer los valores democráticos, si cuando los alumnos y alumnas salen del cetro ven cómo en la ciudad de la opulencia y el despilfarro se consiente (ante la indiferencia de todos) que más de dos centenares de personas vivan tirados en la calle sin techo y en condiciones infrahumanas? ¿Quién va a creer a un profesor cuando explique que la solidaridad es la clave de bóveda de una sociedad democrática como la nuestra? ¿Quién va a creer a los docentes que expliquen que los derechos humanos son la mayor conquista de la civilización? ¿Quién va a creer a los docentes que transmitan la idea de que el respeto a los demás es el único comportamiento social que garantiza el régimen de libertades?

No se puede educar en valores si quienes tienen la obligación de protegerlos, afianzarlos y difundirlos (las autoridades) se inhiben ante la barbarie. Como está sucediendo en Ceuta ante nuestros propios ojos allá, a muy pocos metros, de donde damos las clases.

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