La decisión del Ministerio de suspender los proyectos educativos de directores de institutos apreciados por el alumnado y defendidos por las asociaciones de padres no ha hecho sino marcar una nueva línea roja en el ámbito educativo.
Una polémica más para sumar a la hilera de despropósitos que está marcando la gestión de Cecilio Gómez al frente del MECyD. No se trata, como ayer ya desde algunos círculos peperos se quería entender, de una defensa a ultranza de la figura de Juan Luis Aróstegui –uno de los tocados– o de una activación de las voces que se le supone afines, tipo Junta de Personal, sindicato o asociaciones. Reducir la gestión del Ministerio a un enfrentamiento entre defensores de Juan Luis y enemigos sería demasiado pueril. La decisión última se suma a una situación de despropósitos continuados que juegan con algo que debería ser sagrado en esta sociedad: la educación.
Tenemos un Ministerio que no funciona siquiera para hacer bien su trabajo. Para evitar, por ejemplo, que las escolarizaciones de cada año no lleven parejos escándalos que terminen con padres acudiendo a los tribunales porque alguien en el MECyD no hace bien su trabajo. Tenemos un Ministerio incapaz de mantener con dignidad sus colegios hasta el punto de que seguimos arrastrando esa sectaria separación entre centros de primera categoría y de segunda, ¿hasta cuándo? Tenemos un Ministerio encerrado en un círculo vicioso del que solo parecen emanar necesidades de castigo y rencor, imponiendo personalismos sobre decisiones meramente educativas. Aquí el enfrentamiento abierto y público ha llevado a que desde las altas instancias no sepan diferenciar lo que realmente beneficia a los escolares, adoptándose decisiones que parecen más bien tomadas en torno a una mesita de café, pastas y tertulias plagadas de venganzas, que en los despachos del Ministerio.
No hay forma de entender la irresponsabilidad mayúscula, gestada, alimentada y permitida, en las altas instancias hacia nuestros hijos. Por decencia debemos atenderles ofreciéndole el bien más preciado que no es otro que una buena educación, sin distingos, sin colegios en los que terminan hacinados, con centros carentes de medios y de recursos que causan hasta vergüenza, con recortes y mutilaciones solo para unos pocos... Pero de todo esto nadie responde, ni tan siquiera el que debiera llevar dignamente la batuta de la que, junto con la seguridad, es el área con mayor peso en Ceuta. Lástima.
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