Las quemas provocadas de vehículos, de vertederos, de contenedores... continúan sin descanso mientras la ciudadanía asiste, atónita, a una presión descontrolada. Asiste también con miedo a convertirse en víctima de estos actos vandálicos que hacen mucho daño al bien particular de cada uno y a los comunes, a los de todos. Es evidente que las medidas valoradas hasta la fecha de poco sirven ya, prácticamente a diario se suceden este tipo de episodios. La fórmula de la denuncia anónima, además de descabellada, no ha tenido la consecuencia prevista y el grupo de trabajo creado desde el ámbito de la administración no parece ser lo efectivo que debiera ante algo que nos afecta a todos. Y es que la generación de este tipo de incendios es algo que además de provocar una sensación de inseguridad por nadie deseada, ayuda a fomentar ese miedo colectivo, ese temor a que uno sea víctima inesperada de esa mal llamada cultura del fuego. Se sigue sin dar con la tecla y se sigue sin poner el remedio debido que pasa, indudablemente, por la recuperación de un espacio perdido en las calles, de una información y colaboración social que existía sin necesidad de pedirla a través de medios inapropiados amén de arriesgados. El trabajo de calle es determinante para aminorar esa presión que termina por asfixiar los recursos escasos de los que se dispone y genera una ansiedad entre la ciudadanía.
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