Opinión

La dualidad de sentido

La importancia es un algoritmo del lenguaje para determinar la prioridad de un pensamiento. Dado que la experiencia mental es relativa al tiempo, mejor enfocar nuestra jornada de reflexión hacia temas que resulten útiles.

Sin temor a equivocarme, figura como principio esencial, útil e importante, dilucidar el “sentido de la vida”. ¿Quién no ha dedicado alguna tarde vacía a profundizar en este dilema universal? ¿Cuántos libros no habrán hecho este trabajo, con más o menos acierto?

En este rectángulo que es mi espacio de expresión, voy a exponer mi visión.

Como en otras muchas ocasiones las claves pueden encontrarse en el origen mismo de nuestras existencias, y por ser allí donde podremos descubrir los condicionantes más vitales; las necesidades en estado puro.

Así, en una primera lectura, la vivencia que requiere más apremio es la búsqueda de alimento y de cobijo. Esta circunstancia no está sujeta a opinión, sino que se trata de un imperativo biológico, que surge de nuestra naturaleza corporal. Al tratarse de un hecho inexorable, universal, y objetivo, diremos que en primer término la vida tiene un sentido práctico muy marcado: la búsqueda del bienestar corporal, o salud física.

Sin embargo, vemos que personas que han alcanzado una seguridad material aceptable, y han desarrollado su proyecto profesional con solvencia, se sienten vacías, y expresan con dolor: “No encuentro sentido a mi vida”.

Para encontrar una explicación, volvamos al origen. Desde el principio de los tiempos, las agrupaciones humanas se han preocupado por el sentido mágico de la vida: ¿Cuál es el papel del ser humano en el cosmos que es la creación?

A pesar del avance tecnológico, la vida sigue teniendo un componente de misterio del que no podemos desvincularnos, y en cierta manera, la vida es una invitación a descubrir este misterio. De esta manera, nacieron las grandes filosofías y religiones, para atender esa necesidad instintiva de conocer la causa y consecuencia de la experiencia corporal o terrenal.

Por tanto, si adivinamos un equilibrio entre el sentido práctico (nuestro medio de vida), y el sentido mágico (nuestra filosofía, o fe), la mente tendrá un sustrato firme sobre el que se asiente una emocionalidad saludable, y propensa a la felicidad.

Un sentido escorado a los valores prácticos puede hacernos caer en el vacío de la insatisfacción; mientras un sentido mágico que descuide el alimento y el refugio, puede llevarnos a pasar calamidades y a una decepcionante irrealidad.

Es papel de la civilización humana educar en esta dualidad, avisando de la importancia del conocimiento práctico, pero también del alimento espiritual, dándose el efecto beneficioso de la coherencia.

El sentido práctico está influenciado por la economía. El sentido mágico está condicionado por la cultura.

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