Observar, ver en silencio, tomar notas sin escribir nada, comprender lo absurdo sin intentar racionalizarlo. Vivir el desorden y el caos como el que escucha una ventisca o el crujir de las olas del mar.
Las locuras cotidianas de los cuerdos, de los sanos, de los ordenados, de los que cumplen las normas, de los que se adaptan a lo que haya que adaptarse sin abrir la boca, sin plantearse nada, sin discutir, haciendo lo que hay que hacer.
Te encuentras situaciones extrañas y convives con ellas como si la normalidad dependiera de la mayoría, como si la locura y la cordura fueran una cuestión estadística sobre lo que se considera normal y anormal.
Yo soy docente desde tiempos inmemoriales y he visto de todo. Ahora tendré que irme con los bártulos a cuestas y empezar una nueva vida en la que dispondré de tiempo aunque el tiempo es un arma de doble filo; espero que no me pase lo que al rey Midas que se le concedió el deseo de convertir en oro todo lo que tocaba. Acabó entendiendo que era una maldición.
En la docencia lidiamos con asuntos en los que puedes perder la cordura: alumnos que se copian y lo niegan, padres que dudan de los profesores, sistemas informáticos del Ministerio que no funcionan, programaciones que aprueba un claustro sin habérselas leído, actas de Departamento, memorias, plan de Centro, consejos orientadores, consejos escolares, pasar a alumnos de curso con todas la asignaturas suspendidas, la religión y el estudio asistido, hinchar notas.
Si no te metes en el sistema serás visto como raro y sospechoso.
Así somos, así nos domestican y así nos domesticamos unos a otros.
Luego estarán las normativas, los inspectores, el cumplir con la infinita burocracia que te piden. Cada vez importa menos todo. Toca salvarse y que no se note la tragedia.
El truco es hacerse el loco para llegar a los alumnos: explicar a Platón con lo que sucedió ayer, convencer a Sócrates para que no se beba la cicuta, ser epicúreo o estoico, amenazar a los filósofos que se ocultan en su torre de marfil, sacarlos a la calle y que le hablen a los chicos de bachillerato, jugar con las teorías explicándolas como si fueran una receta de cocina, traer a Dios y al Diablo a una clase, debatir sobre lo que vamos a aprender y lo que queremos enseñar.
Luego te toca volver a la cordura: Fenicia, plan de mejora, partes de disciplina, expulsiones, vuelta al instituto y de nuevo expulsiones. Tal vez un cambio de Centro del alumno para que lo sufran en otro instituto.
Luego Pisa y todas las Pisas que nos dicen tantos por ciento.
Mañana hablarán de Política Platón y Aristóteles, yo haré de Pedro Sánchez y alguien voluntario de Mazón.
No viene en el temario, pero es muy posible que entiendan y comprendan más contenidos de los que estaban programados.
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