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El Día de la Marmota

El pasado 2 de febrero se celebró, como es preceptivo en los EE.UU, el famoso “Día de la Marmota”.

Como bien saben los lectores de este A Quemarropa, la tradición quiere que si ese día la marmota, al salir de su hibernación, no se puede ver su sombra es que el invierno será corto. Si, por el contrario, hay un día soleado y sí se puede ver su sombra, el invierno será más largo.

Este año en concreto, la tradición “marmoteña” ha dictaminado que el invierno durará 6 semanas más. Para los angustiados por los temporales de agua y viento, paciencia… lo ha dicho la marmota.

No obstante, si bien la tradición de Estados Unidos y Canadá es muy conocida, aún lo es más la archifamosa película “Atrapado en el tiempo” protagonizada por Andie MacDowell y Bill Murray y recordada por todos por su título en inglés, “Groundhog Day”, “El Día de la Marmota”.

El guion es simpático y divertido. Narra la historia de un periodista, Bill Murray, que se queda atrapado en ese famoso Día de la Marmota. Para él, las doce de la noche del 2 vuelven a ser las 0:00 para que todo vuelva a empezar. Es, pues, un eterno reinicio que sólo acabará cuando se enamore, por fin, de la bella Andie MacDowell. Una peli imprescindible, que no pasa de moda, si quiere disfrutar de un buen rato.

Pero, como sucede a veces, es la propia película la que se ha quedado en el imaginario colectivo como la verdadera referencia, por encima de la ceremonia con el propio animalito. Así, todas las situaciones que se reiteran, sobre todo las tediosas, se agrupan bajo la denominación del nombre de la película de Bill Murray: “El Día de la Marmota”.

Nunca una expresión estuvo tan cargada de razón, de sentido común y de vergüenza colectiva.

Estamos en pleno Siglo XXI, y jamás la humanidad ha tenido tantas herramientas para reaccionar a cuantos problemas vayan surgiendo con “solo” aunar esfuerzos. La pandemia del COVID 19 es una sólida prueba de ello. Poner a trabajar a todos en común siempre arroja resultados positivos. Tanto buenos como malos. La diferencia es que, para el mal, los beneficios suelen ser mucho más cuantiosos, aunque los de la vacuna del COVID no se quedaron atrás, cierto es.

Así, trabajar juntos siempre da buenos resultados. Otra cosa es que, hablando de rentabilidad, quitar el hambre en el mundo produzca cuantiosos beneficios económicos. Si fuese así, en una semana dejaríamos de tener desnutrición. Dicho de otra forma, si no se elimina definitivamente esa lacra es porque nadie le pueda sacar aún rédito económico. Punto.

Día de la marmota, pues, para todo lo relacionado con la emergencia climática, hasta tal punto que el Banco Mundial estima en varios millones el número de refugiados climáticos de aquí a 2050. Y a nadie parece preocuparle.

Día de la marmota para la fabricación de armamento. El mundo se gastó, en 2024, un total de 2,7 BILLONES en útiles para matar a seres humanos en guerras. Esto equivale al 2,5% del PIB mundial. Indignación y asco.

Día de la marmota en un planeta en el que la ONU estima que unos 750 millones de personas sufren de desnutrición. Acabar con el hambre, de aquí a 2030, nos costaría menos de la cuarta parte de lo gastado en armas. Impotencia y vergüenza.

Día de la marmota en la defensa de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Estamos, un día tras otro, reivindicando lo obvio con nulos resultados. La libertad de expresión pierde pie ante la intolerancia, los derechos adquiridos de los trabajadores están constantemente cuestionados y el racismo forma parte de nuestro paisaje cotidiano. Qué pena.

Día de la marmota en todo lo relacionado con la aporofobia. No hemos avanzado ni un milímetro en la historia de la Humanidad. Aquí no se trata de poner sólo medios materiales (que también), sino de recuperar una visión humanista. Es absolutamente lamentable que, en 2026 casi más que nunca, cataloguemos a los seres humanos, a nuestros supuestos hermanos según todos los textos religiosos, por su capacidad adquisitiva. Para sorpresa de nadie, los más afortunados, obviamente, son los que se encuentran en todo lo alto de la cúspide social y bancaria. ¿De verdad que esto no nos hace reflexionar ni un poquito? ¿Sigue siendo válido el tanto tienes, tanto vales, por encima del resto de valores? ¿En cuánto estará tasado el kilo de dignidad para ir reponiendo tanta carencia? ¿A cuántos espejos devolviéndonos la cara podemos aguantar?

Como decía mi mañica preferida, la culpa no es de quien puso una rueda en la jaula, la culpa es del hámster que ni siquiera se plantea por qué recorre miles de kilómetros para no llegar a ningún sitio y, sin pensar en nada, sigue corriendo a toda velocidad. Y tan contento.

Una vez más, la reflexión es suya.

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