Qué bello es escuchar un instrumento, cerrar los ojos e intentar relajarte, disfrutar, y volar entre las notas musicales. Sentir la verdadera esencia de la música.
Y es así como los grandes compositores entran en relación con lo que le encanta al público. Hacerlos vibrar en cada acorde, en ese campo tan maravilloso donde solo vemos cosas bellas y nosotros somos como aves entre nubes, más ligeros de cualquier persona, ya que eso es lo que queremos y la imaginación es lo primero para hacernos florecer en cualquier época del año.
Cuanto echo de menos esos instantes, esos momentos donde no piensas en lo que debemos hacer, sino en pasarlo lo mejor posible.
Es nuestra esencia, nuestro porvenir que deseamos y solo lo encontramos en contadas ocasiones.
Una siesta en un lugar fresquito, con una presencia de algo majestuoso, que te haga gozar de lo lindo en esos momentos donde deseo poner un punto y aparte en nuestra jornada, un cargar las pilas para el resto del día, ya que nunca sabremos que nos podrá deparar.
E invoca a una felicidad, bien merecida, por nuestra parte, de un intento de continuar dentro de la esencia de nuestro rostro sonriente y siendo la envidia de todos nuestros conocidos y que nos ven todos los días. Ese espíritu libre y que da ese toque para intentar repartir algo muy esencial en nuestra vida cotidiana: la felicidad.
Una parte tan escondida, pero que sabemos que está ahí y nunca la buscamos, sino que ella viene cuando le apetece, como una niña que quiere darse a conocer, como un animal que quiere que se le sea acariciado. Será un signo de gratitud, de ganas de ser un alma comprendido y con un espíritu de bondad infinita.
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