Categorías: Opinión

Desconexión

Lo contábamos ayer. La desconexión entre la clase política y el ciudadano es sangrante. Los primeros se lo han ganado a pulso, tras provocar que un sistema estable se haya ido desmoronando poco a poco. El descrédito es evidente, lo es para partidos que gobiernan y para los que se erigen en la alternancia al poder. Sus discursos quedan caducos y resultan hipócritas, sobre todo cuando el ciudadano se siente insultado y despreciado por quienes son capaces de cambiar el chip y presentarse como salvadores de la historia olvidando que ellos colaboraron en que poco a poco el barco se hundiera.
Esa desconexión se traduce en buena parte de la otra crisis que estamos viviendo. La crisis moral y la de pensamiento y confianza. ¿En qué creemos?, ¿a quiénes respetamos?, ¿en qué nos convertimos? Pocos son los colectivos que se salvan de la quema, arrastrando los niveles más bajos de credibilidad en todo. La brecha que ha sufrido la clase política se ha extendido a otras áreas: la judicial, la empresarial, la periodística... el ciudadano golpeado desde todas las bandas, sin saber ya en qué creer se queda perdido en una burbuja, aislado, mientras vagabundea en un mundo en el que es presionado con mensajes falaces.
Nos venden eso de que el próximo año la cosa mejorará, que la economía verá luz, que habrá menos paro... es tal la desconexión creada que ni el político se ha dado cuenta a estas alturas de que el ciudadano ya no espera sólo eso. ¿Cómo van a arreglar la pérdida de credibilidad?, ¿cómo van a conseguir recuperar la transparencia debida?, ¿cómo hacer que la palabra política no sea equiparada a corrupción, que la Justicia sea realmente justa y el periodista creíble e independiente? Todo lo perdido no se recupera con medidas puramente artificiales, ha sido tal el atraco a nuestras conciencias, a nuestra humanidad, que resulta harto complicado recuperarlo todo con tan poco.
Si yo fuera tan optimista como don Juan, me pondría la melodía de la esperanza de Diego Torres en mi móvil, quizá pensando que así se arreglan las cosas, creyendo que a mis hijos les puedo dejar un mundo recuperado, con sentido, con valores, con más pureza que degradación.
Los que nos mandan, los que se han cargado todo esto, siguen tan alejados de la realidad que todavía piensan que la credibilidad se vende en las tiendas de los chinos.

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