Categorías: Opinión

Cruyff mereció más

A menudo sucede que, cuando alguien fallece, aflora en la mayor parte de sus conocidos un abatido sentimiento que inconscientemente les lleva a realzar las bondades del finado, aunque su percepción no fuera la mejor en vida. Esa especie de mezcla entre estremecimiento y arrepentimiento ante la desazón que produce el superior de los males conduce a alterar positivamente la consideración definitiva del otrora viviente, no sin cierta incoherencia, en mi opinión.

Las circunstancias que ha generado la muerte de Johan Cruyff me han recordado a esta tan común situación. La desaparición del legendario jugador de fútbol holandés ha arrastrado el consiguiente conglomerado de actos de homenaje que merece una personalidad de su talla. Incluso, algunos aficionados propusieron en las redes sociales que el Camp Nou se rebautizara con el nombre y apellido del líder de la Naranja Mecánica, idea que ha desechado, de momento, el portavoz de la actual junta directa del club, Josep Vives. Tampoco han faltado las muestras de afecto de rivales clásicos de Cruyff como el Real Madrid, el cual manifestó su máximo reconocimiento al lúcido jugador y entrenador a través de su presidente principalmente.
La expresión de estas mayúsculas consideraciones y enaltecimientos de honores tras el fallecimiento de una celebridad tan relevante ha llevado a preguntarme, una vez más, por qué no se ha cuidado, respetado y distinguido con mayor intensidad a dicha figura en vida, sobre todo por parte de aquellos que después del deceso han insistido en señalar su grandeza y/o la reivindican como una parte esencial de sí mismos. Este es el claro ejemplo del Barcelona, que si bien ahora se vuelca con uno de los mayores astros de la historia del fútbol en general y del suyo en particular, no ha dispensado al holandés el trato que desde mi punto de vista merecía por su aportación a los propios culés y al deporte mundial.
Desde que Josep Lluís Núñez despidiera a Cruyff en 1996, su estima por parte de los mandatarios del club ha sido desigual. Concluida con el victorioso ciclo de Joan Laporta una época excesivamente turbulenta del club, el holandés llegó a ser nombrado presidente de honor por la junta directiva barcelonista de 2010. No obstante, la mención honorífica le duraría poco a Cruyff, pues ese mismo año fue elegido
Sandro Rosell como presidente del Barça, quien siempre había puesto en duda la idoneidad del título que había recibido la leyenda, forzando indirectamente que esta devolviera su insignia. Los escándalos provocaron la salida de Rosell del club en 2014 y su sustitución por Josep María Bartomeu, un presidente que a medio plazo intentó recuperar las buenas relaciones con Johan. Pero era tarde, demasiado: al talentoso atacante holandés le restaban muy pocos meses más entre nosotros.
Es una verdadera lástima que mientras en otros países sus mitos vivos (ya sean naturales de los mismos o extranjeros que han labrado una gran carrera en ellos) ostentan una auténtica condición de leyenda, con todos los honores y el respeto que les corresponden, en el nuestro no solamos considerar a tiempo la verdadera envergadura de aquellos que han ejercido su labor como pocos y actuar en consecuencia. Tal vez algún día superemos nuestros complejos.

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