Corría la temprana primavera de 2001 y un novel y recién estrenado Presidente de Ceuta se afanaba en sus contactos con distintos ministerios en Madrid intentando conseguir el máximo apoyo para las políticas que quería llevar a la práctica en la Ciudad y que pretendían en última instancia la trasformación de la realidad urbana y social de la misma. Los acontecimientos políticos y electorales de los dos años anteriores en
los que los ciudadanos habían aupado al gobierno a un grupo político populista como el GIL, evidenciaban que el pueblo de Ceuta demandaba una atención especial a sus problemas y que era una exigencia justa e inaplazable la equiparación de sus niveles de prestación de servicios públicos al del resto de los españoles. Y todo ello refrendaba la idea del presidente Vivas de que era esencial e ineludible que el Estado se implicara mucho más en Ceuta de lo que lo había hecho con los anteriores gobiernos socialistas de Felipe González en los que se dejó a la Ciudad sola e inerme, al albur de los acontecimientos y de sus propias y mermadas capacidades. Para todo ello no solo hacía falta el apoyo financiero del Estado. También era primordial el reforzamiento de las arcas municipales y para ello urgía potenciar al máximo los propios recursos con los que contaba la Ciudad. Entre ellos, y como elemento más potente estaba el Impuesto sobre la Producción, los Servicios y la Importación, el IPSI. Esto planteaba a su vez un problema: la mayor parte de la recaudación por este tributo correspondía al concepto importación, y en buena medida procedía del gran volumen de mercancías que llegaban a Ceuta para posteriormente pasar al país vecino. Que la sostenibilidad de nuestras arcas públicas estuviera vinculada a una recaudación que, en último extremo, dependía de la situación de la frontera era una situación, cuanto menos, poco fiable y por tanto poco deseable. Era imprescindible modificar dicha estado de cosas. Para ello había que pasar por las horcas caudinas del Ministerio de Hacienda y por tanto de su entonces (y hoy) titular, Cristóbal Montoro. La Hacienda pública tampoco pasaba por su mejor momento: España acababa de hacer un gran esfuerzo para salir de la crisis en que nos había dejado el gobierno socialista (¿les recuerda algo esto?) y poder ingresar en la Europa del euro, y el gran muñidor del incipiente milagro económico español era Montoro. A él, y a otro buen amigo de Ceuta, el Secretario de Estado de Hacienda Ernesto Giménez Reina, se dirigió Vivas haciendo uso de todas sus armas dialécticas y persuasivas convencido de que en el éxito de su gestión nos jugábamos mucho los ceutíes de entonces y también los del futuro. La decisión de Montoro no se hizo esperar : innovó con originalidad y determinación, y concretó el apoyo a Ceuta que ya había expresado en otras ocasiones: la petición de apoyo extraordinario y singular se plasmó en una disposición legal no menos singular ni extraordinaria: la Ciudad de Ceuta (y la de Melilla) tendrían garantizado su derecho a percibir anualmente una transferencia compensatoria por la cuantía de lo que no hubieran conseguido en la recaudación de IPSI comparándolo con lo obtenido en 2001. Y además se actualizarían esas cantidades año tras año. Categórico, rotundo y eficaz.
No encontrarán ustedes en el ordenamiento español una disposición de una generosidad como ésta aplicable a ninguna otra situación. Ceuta, sus cuentas públicas, sus servicios públicos no dependerían de nada más que de su propia dinámica comercial y, si vinieran mal dadas, de la compensación de nuestro Estado que se convertía así en nuestro aval y valedor. Desde ese momento Ceuta ha recibido la nada pequeña cantidad de unos 400 millones de euros. Todos deberíamos a veces reflexionar sobre cómo de las decisiones de algunos responsables políticos derivan que ahora podamos disfrutar de unos mejores servicios y de una mayor calidad de vida. A ese jiennense nacido en una familia rural de padre empapelador y pintor profesional, que se hizo a si mismo y sin recursos desde el mundo académico, y que ha liderado la ingente tarea de sacar a España de dos grandes crisis socialistas: la que nos impedía entrar en la Europa del euro y la que ha estado a punto de llevarnos a la quiebra… a ese catedrático por oposición al que Aznar ficho en la CEOE, a ese buen hombre los ceutíes le debemos mucho.
Hace dos años Montoro de nuevo se sentó con Vivas y se dispuso a tomar decisiones excepcionales y singulares. En un país en profunda crisis, con un déficit público que ahogaba cualquier posibilidad de gasto y con una economía que se contraía año tras año, acordaron que era necesario hacer un esfuerzo para que Ceuta dispusiera de unas infraestructuras y unos equipamientos públicos que eran estratégicos para su futuro. Ahí estaba yo ya presente, y a eso le hemos llamado el plan Montoro. Pero de ésto… de ésto hablaremos en mi próximo artículo.
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