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Contra la violencia: leyes duras

La rivalidad entre las aficiones es la excusa perfecta para que los violentos justifiquen la agresividad que llevan dentro. Buscan el mínimo motivo para insultar, lanzar objetos o agredir a cualquier persona que se cruce en su camino.

Llevar una camiseta, una pegatina en el vehículo, el color de la piel es un motivo para ser agredido por un energúmeno que busca en el tumulto del anonimato atacar y salir airoso de un acto cobarde y violento. 
 Los partidos de futbol son eventos atractivos para estos descerebrados por el número de personas que se congregan en los alrededores o en el interior de los estadios. No sólo en los partidos de primera división hay violentos, porque los ceutíes recordamos las agresiones e insultos que se producían entre las aficiones de Ceuta y Algeciras. Eran tiempos de rivalidad, de desplazamientos de cientos de aficionados y no faltaban los estúpidos violentos que alteraban el orden público y deslucían un día de fiesta entre los buenos aficionados.
 La muerte de Francisco Javier Romero Taboada, alias Jimmy, de 43 años, hincha radical del Deportivo de La Coruña y miembro de “Los Suaves, la sección más dura de los Riazor Blues”, está de actualidad en los medios de comunicación. Todos coinciden en pedir a los equipos de futbol y organismo deportivos mayor implicación para evitar estos trágicos hechos. De lo sucedido en Madrid sabemos que un grupo de personas, muchos de ellos de entre 35 a 53 años, se desplazaron miles de kilómetros para encontrarse con otra afición y pelearse brutalmente. Este absurdo demuestra la capacidad intelectual y moral de los bandos, pero si analizamos las edades, ya no se tratan de niñatos. Son aficionados ultras que han ido cumpliendo años en estos grupos de energúmenos y cuentan con amigos en las directivas de muchos de estos equipos. Se sienten arropados y queridos.
 Los clubes son propiedad de empresarios que invierten miles de millones para ganar dinero o popularidad. Muchos de ellos, buscan pretextos nada convincentes para no expulsar de los estadios a los aficionados que alteran la convivencia pacífica. No quieren colaborar porque son grupos numerosos que anima continuamente al equipo y porque llevan aficionados al estadio.
Los ultras van a los entrenamientos de los equipos y acuden semanalmente a los estadios con símbolos, pasamontañas, insultan, escupen, lanzan objetos, pero nada se hace para expulsarlos de los estadios. La poca implicación queda acreditada viendo cualquier partido donde dan muestras de su violencia. Son siempre los mismos, fáciles de detectar con los medios técnicos que hay en cualquier estadio y porque son personas muy próximas a los clubes, pero poco se hace para erradicar estas conductas incivilizadas y delictivas.
La falta de compromiso de los clubes de fútbol no debe ser óbice para que con leyes duras se obliguen y responsabilicen a los empresarios a garantizar la seguridad ciudadana antes y después de los eventos. Lógicamente los empresarios no pueden ejercer labores de seguridad ciudadana, pero  deberían pagar los gastos de los dispositivos de seguridad y de los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado que requieran estos eventos. Será entonces, cuando los dispositivos de seguridad le cuesten el dinero y se sancionen duramente la violencia en los campos, cuando los empresarios comenzaran a implicarse en acabar con estos indeseables.
 La violencia es una lacra social que hay que combatir con leyes duras para que los violentos no salgan reforzados y evitar que las víctimas se sientan defraudadas y desprotegidas al comprobar que los agresores son condenados a penas ridículas por la falta de leyes que condenen en sí la agresión y la violencia, no el resultado fatal de la misma. Violentos que ante cualquier circunstancia cotidiana, un simple accidente de circulación, agreden brutalmente a otra persona sin que la víctima encuentre explicación a una reacción impropia de una persona civilizada.
Es importante que se activen los protocolos para luchar contra la violencia en el deporte, pero la pregunta siempre es la misma ¿hay que esperar a que ocurra una desgracia?

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