La crítica es sana. O al menos debería serlo. Mientras nunca supere el plano personal ni se entrometa en asuntos íntimos, debería constituir un ejercicio sano en la vida pública. Pero no lo es. Al menos aquí, en una ciudad empeñada en encorsetarse entre cuatro paredes, termina siendo equiparada con una afrenta, con casi un delito.
Hay asuntos intocables en los que la crítica no es aceptada por la mayoría. Su respuesta se carga rápido, se impone el ‘modo secta’ y se arremete en bloque contra el que ejerce su libertad de expresión. El poder es así, la política no se entiende más allá de un peloteo insano. Hacer lo contrario puede ser equiparado a ir contra la españolidad. No, no estoy diciendo burrada alguna, en este pueblo ha habido acusaciones demasiado graves que han partido de las instituciones contra aquellos que osaban únicamente cuestionar la realidad, hasta el punto de tildarles de radicales.
Los tiempos no cambian. Del ayer al hoy no hemos evolucionado. Al menos no lo hemos hecho en estos asuntos. Un claro ejemplo lo hemos vivido esta semana. Se ha constituido una auténtica piña en torno a la gestión del delegado del Gobierno hasta el punto de convertirse en asunto de Estado todo aquello que afecta a temas que nos impactan de lleno, como la frontera o la seguridad. El PP manda a los suyos a ejercer una defensa a ultranza a través de las redes sociales, olvidando que ellos fueron los primeros no solo que ejercieron críticas más duras de las que ahora está recibiendo Cucurull, sino que invadieron otros ámbitos personales, aquellos que debían resultar inviolables. Lo saben perfectamente, no seré yo quien revuelva otros tiempos en los que la crítica ejercida por los populares quedó cuestionada públicamente.
La falta de argumentos hace que el sentimiento piña aflore de una manera cateta, siendo incapaz de dejar paso al reconocimiento de fallos y ocultando las deficiencias con ataques cobardes y sin nombre. Si los camaradas fueran consecuentes con la situación actual no incurrían en este grotesco espectáculo de patio de colegio en el que todos acuden a proteger al pequeño Nicolás porque le han arrebatado su bocadillo. No. Las cosas en la vida de adultos no funcionan así, no discurren por esa línea de los buenos y los malos, de los ‘me quiere-me odia’, de las confabulaciones sostenidas en el miedo, de las llamadas pidiendo auxilio en forma de ‘corten el grifo’. No. Ni contigo ni sin ti... pero todos en el mismo barco con fisuras.
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