Más que las caras, los espejos de las almas son las palabras. El lenguaje humano y cada uno de sus elementos -la peculiar pronunciación de los sonidos, la particular construcción gramatical y la singular elección de las palabras- retratan las diferentes constituciones psicológicas, los característicos talantes morales y los singulares gusto estético de cada ser humano: descubren, además, la idiosincrasia de los grupos humanos en los que cada uno de nosotros estamos integrados.
El vocabulario de los hablantes es uno de los criterios más fiables para conocer nuestros contenidos interiores, los valores que guardamos en nuestras mentes y en nuestros corazones y, también, para constatar las distancias que separan nuestras ideas de nuestros comportamientos. En los discursos políticos actuales es llamativa la ausencia o la escasez de palabras tan importantes como “belleza”, “bondad”, “bien” y “verdad”, esos valores que, como es sabido, constituyen las bases de la vida humana, de la coherencia moral, del bienestar psicológico, de la convivencia familiar y de la paz social. Fíjense, por ejemplo, cómo la palabra “virtud” casi ha desaparecido. La reducción del bienestar humano a la economía, además de ser una ingenua simplificación del bienestar humano, entraña un empobrecimiento dañino de la vida individual, familiar y social. No hace más vulnerables porque devalúan los demás bienes personales y colectivos.
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