El pasado jueves, día 20, nos reunimos de nuevo el CLUB DE LECTURA de la Biblioteca Pública de Ceuta. Antes de reanudar los debates, los asistentes invertimos unos minutos en repartir sonrisas, saludos y comentarios acerca de cómo habíamos pasado las vacaciones (lo cortés no quita lo valiente), para inmediatamente después dar la bienvenida a las nuevas incorporaciones.
En esta ocasión el objeto de debate era la novela “INDIGNACIÓN” del escritor norteamericano y reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras Philip Roth. El título, para que nadie se lleve a engaño, nada tiene que ver con acampadas en la Plaza Mayor de Madrid (el libro fue publicado en 2009), ni con manifestaciones multitudinarias de personas amedrentadas por los bancos (aunque según la RAE signifique Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos). Se trata en cambio de una novela corta que transcurre en los años 50 y en una Norteamérica apesadumbrada por los cambios de paradigmas sociales y la cruenta guerra de Corea. El autor (que para la mayoría de nosotros ha sido un impresionante y oportuno descubrimiento) con un lenguaje fluido y preciso, nos narra en sus casi 200 páginas y en primera persona los recuerdos, inducidos por la morfina, del joven Marcus Messner, desde el estado de inconsciencia que precede a su muerte. En dichos recuerdos vamos desgranando poco a poco las circunstancias que lo han llevado hasta ese momento en que yace moribundo y como parte del ejército norteamericano en la guerra de Corea. Marcus es un chico judío de diecinueve años, nacido y criado en Newark (al igual que el autor de la obra) , que justo cuando comienza a descubrir el mundo que tiene ante él , decide huir de la sobreprotección de su padre y del asfixiante ambiente tribal en que se desarrolla su vida, para inscribirse en la Universidad de Winesburg, muy lejos de su casa y con la resuelta pretensión de que sus estudios lo libren de ser reclutado para la guerra (o que al menos lo lleven a ser Oficial y así poder ocupar un puesto en retaguardia). Esa facultad la dibuja el autor como un centro privilegiado, para hijos de clases adineradas o de empresarios pudientes. Nada que ver con Marcus Messner, que accede a esa universidad gracias solamente a su excepcional expediente académico y al tremendo esfuerzo económico que asumen sus padres; su progenitor solamente es un laborioso carnicero kosher en Newark que idolatra a su hijo con entusiasmo bíblico y, conforme avanza la novela, aparece continuamente cercado de obsesiones fatalistas acerca de éste. Marcus hace recuento de su vida, desde sus estudios en Robert Treat, hasta el trabajo con su padre en el negocio familiar. Aquí el autor desmenuza con precisión el modo en que el protagonista pasa de la devoción que siente un hijo adolescente por su padre, al odio fermentado en la brecha que se ha ido abriendo entre ambos con el paso del tiempo y alimentado de continuos desencuentros. Pero la gran fuerza que posee la novela, a mi modo de ver, reside en el modo en que el autor va construyendo alrededor de su protagonista un muro de decisiones aparentemente banales (sus continuas peticiones de cambio de habitación hace que se enemiste con el decano y que llegue a conocer al chico que precipita su tragedia, su relación con Olivia Hutton que lo complica todo aún más…) , sobre el que va trepando y extendiéndose imparable, sin apenas ser conscientes de ello (ni el lector ni el propio protagonista), la hiedra desalentadora de la causalidad, que lo conduce justamente al lugar al que ha estado por todos los medios tratando de no llegar. Descubre a su pesar, que él no es el dueño de su destino, sino que está en manos de potencias desconocidas, de fuerzas que operan sin su consentimiento. Y es ahí donde el autor plantea la terrible demostración de que el ser humano está condenado a tropezar con aquello de lo que huye. La vida de Marcus Messner es una vida pequeña, llena de pequeños puritanismos, de pequeñas intolerancias, de pequeños fanatismos e hipocresías y de ambiciones pequeñas. Y precisamente todas esas pequeñas cosas son las que van urdiendo la maraña de su tragedia. En un momento de la trama el padre le advierte a Marcus: “Es que en la vida, el mínimo paso en falso puede tener trágicas consecuencias […]”. Esta frase además de ser un fiel reflejo del pesimismo de la clase trabajadora de postguerra, se convierte en casi un augurio. Marcus al principio de la novela tiene toda una vida por delante, si no fuera porque ya está muerto.
Como siempre, cada uno de los miembros del CLUB DE LECTURA pasa el libro por el tamiz de sus conocimientos y vivencias (ese es el verdadero patrimonio del club ), por lo que mientras para unos el comportamiento de Marcus es de rebeldía, para otros no es más que una persona fiel a sus propias ideas y que se resiste a integrase en las normas establecidas (ya sea las de su ambiente familiar judío o las encorsetadas reglas de la Universidad), y justamente cuando se deja dirigir es cuando precisamente esas decisiones lo advocan a la tragedia. El debate que invariablemente se establece en el CLUB, casi de inmediato nos hace percibir la multitud de matices y de historias paralelas que esconde esta novela: desde la eterna y compleja relación paterno-filial entre Marcus y su padre, hasta el mismo concepto de éxito; y a los allí presentes nos hace revivir la experiencia del libro, pero amplificando y enriqueciendo enormemente la visión que cada uno tenía de la novela antes de entrar. En lo que la mayoría hemos coincidido es que este libro es una novela llena de paradojas, que nos habla del fracaso y la frustración, aunque eso sí, excepcionalmente narrada.
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