Hoy seremos testigos de uno de los momentos más significativos del año, tanto desde el punto de punto astronómico, como mítico y simbólico. A primera hora de la mañana, concretamente a las 9:24 h, asistiremos al solsticio de verano. En este momento del año el sol alcanza, en nuestro hemisferio, la mayor declinación astronómica hacia el norte, marcando el inicio del verano. También viviremos el día más largo y la noche más corta, que tres días después celebramos en la popular “noche de San Juan”.
Si prestamos atención a la posición del sol en el amanecer y el atardecer observamos que varía entre el solsticio de invierno y el de verano. El día 21 o 22 de diciembre, dependiendo cada año, el sol cae sobre el rostro antropomorfo de Hafa Queddana en la cadena montañosa del Jbel Haus. Ésta será la posición más meridional del sol en el ocaso, contemplado desde el privilegiado mirador de San Antonio. A partir de este día el sol empezará a “rodar” por el perfil del Atlante dormido hasta que, a principio de mayo tocará el mar y, justo en los días previos al solsticio de verano, caerá por detrás de las lomas y cerros de Tarifa. Una vez alcanzada su posición más septentrional iniciará su viaje de regreso al norte de África.
Este viaje del sol de sur a norte (de invierno a verano) y de norte a sur (de verano a invierno) ha sido la inspiración de multitud de relatos mitológicos. En mi obra “El Espíritu de Ceuta” lo vinculé al célebre mito de Sísifo, condenado a elevar, una y otra vez, una enorme piedra por la ladera de una empinada ladera, que relacionamos con el Yebel Musa. Sobre esta mítica montaña antropomorfa del Atlante dormido conté, en otro de mis trabajos, con las interesantes aportaciones de Carl Gustav Jung, quien relacionó la leyenda de al-Khidr con el signo de sagitario, cuya entrada coincide precisamente con el solsticio de invierno y suele personificarse en una figura que aúna la forma de una cabra y de un pez. En su desplazamiento por la silueta del Atlante dormido, el sol comienza como cabra en el solsticio de invierno y se va transformando en pez hasta que a principios del mes de mayo se sumerge en las aguas del Estrecho de Gibraltar. Siguiendo este hilo llegué a relacionar la figura antropomorfa que dibuja el macizo de Hafa Qeddana con el dios Pan. Según algunas fuentes mitológicas, la constelación de capricornio se creó a partir de la guerra de los dioses, cuando Pan escapó al río Nilo y la mitad de su cuerpo sumergido se volvió el de un pez. Al terminar la guerra, Zeus lo regresó a su forma normal y dejó en las estrellas un recuerdo de esa criatura.
Las creencias, mitos, ritos y costumbres relacionadas con el sol en la orilla africana del Estrecho de Gibraltar han sido una constante desde la prehistoria hasta la actualidad. Para la antigüedad clásica contamos con algunas descripciones precisas de romerías solares, como la que nos ha legado Plinio el Viejo (H.N. V, 7). Según nos narra este célebre cronista romano, la cima del Monte Atlas acogía una festividad nocturna que recuerdan a la popular “noche de San Juan”, por lo que podría tratarse de un rito relacionado con el solsticio de verano. Así nos la describe Plinio: Durante el día no se veía a nadie: todo estaba en silencio como en el desierto. Un mudo temor religioso se apoderaba del espíritu al llega a la cima y contemplarla, bajo las nubes y en proximidad del círculo lunar. Durante la noche, se encendían miles de fuegos, mientras egipanes y sátiros ejecutaban sus danzas, al son de acordes de flautas, címbalos y tambores…”.
En la Ceuta romana, como en el resto de los asentamientos y ciudades coetáneas, el peso de lo mágico y mítico inclinaba la balanza a su favor, si lo comparamos con el componente racional, sobre todo en aquellos aspectos de la vida relacionados con la dimensión religiosa y trascendente. Para la ingenua antigüedad, el sol era considerado el gran padre del cielo y del mundo, y la luna, la madre fecunda. Los términos “padre, dios, sol, fuego” son sinónimos mitológicos. Cuando se rendía culto al sol lo que se adoraba era la gran fuerza procreadora de la naturaleza. Una fuerza que era y sigue siendo intensa en un espacio geográfico, como el del Estrecho de Gibraltar y Ceuta, donde cada día la cuadriga del sol se sumerge en el mar y emprende su viaje por mar por volver a renacer, de las mismas aguas maternales, a la mañana siguiente.
La importancia del solsticio de verano explica que siguiera celebrándose incluso en época medieval islámica, a pesar de su indudable carácter pagano. Este día era conocido en árabe como Ansara y la festividad consistía en encender hogueras y dejar los vestidos a la intemperie para que se empaparan del rocío de la noche. También comían almojábanas y se organizaban carreras de caballos.
En Ceuta somos unos afortunados por tener la oportunidad de disfrutar de unos amaneceres y atardeceres impresionantes que han sido celebrados a lo largo de nuestra intensa y dilatada historia. Merece la pena prestar atención a las distintas posiciones del sol en el alba y en el ocaso dejándonos seducir por la multitud de mitos solares que tienen como escenario el círculo mágico, mítico y sagrado del Estrecho de Gibraltar.
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