Opinión

Ceuta no es orilla cualquiera

Hoy vengo con el espíritu henchido, y es que los caminos que nos llevan a los paisajes de Ceuta también nos llevan a su historia.

Si la contemplación del silencio es placentera diremos que la salud mental es agraciada, y te predispone a la belleza.

La memoria son las alas de que dispone la mente para viajar por el tiempo, y encontrar allí las claves de lo que fue, y de lo que pudo haber sido.

Desde ese balcón que preside la obra hercúlea de nuestro afamado escultor, se dibujan los contornos del puerto deportivo, y del poblado marinero.

Entonces, recorro las distancias que me separan de un pasado reciente, y logro entrever los bullicios de la lonja de pescadores. En esta tierra, la pesca es el oficio del que nacen todos los demás, y no era extraño que los maestros del mar acicalaran las redes, o traíñas, para obrar el milagro de la multiplicación.

Mientras tanto, las traineras aguardaban con paciencia a que el levante les diera una oportunidad. Cuando el viento está en calma, el mar anuncia su estima.

Sin embargo, paré la imagen un momento y caí en la cuenta de esa otra obra maestra que es el puerto de Ceuta; la amplitud de su bocana, y los centenares de bloques depositados por el hombre, en el linde del ingenio con la magia, de la nada con lo infinito.

No solo eso. Pude ver las cuadrillas de trabajadores con las camisas manchadas por el sudor, con sus caras cuarteadas por el sol, y sus almas limpias como una patena.

Imaginé sus descansos a la hora del rancho, y sus tertulias después de la comida, donde se hablaban retales de una vida que se escapa como arena entre los dedos.

Al borde del olvido, hice promesa de merecer la dignidad de aquellos paisanos y de sus familias.

El mar es a Ceuta, lo que el pan para el sabio.

El caso es que la intensidad de la luz me llevó aún más lejos, al punto donde nacen los caminos, y las orillas permanecen desnudas, en espera que alguien las descubra, y las señale con sus pasos.

Las ágiles naves de Fenicia tuvieron ocasión de repostar antes de doblar el Mar Mediterráneo, y era así que una cuadrilla de exploradores se afanaba en buscar una fuente de agua, y algo de caza con que premiar los estómagos.

Por las noches, entorno al fuego de la historia, tenían lugar grandes relatos de otros orientes, de guerreros victoriosos y sin espada, pertrechados con el único escudo de la valentía. Pero también de príncipes, que murieron sin conocer su patria.

En el punto donde se rompieron las tierras se desató una fuerza inusitada, y los ceutíes somos los legítimos dueños de su heredad.

Quien quiera aventurarse en estas tierras deberá conocer la ley de la hospitalidad: nada cuesta mi amistad, ¿cuánto cuesta tu esperanza?

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