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Ceuta en el cine | Cupido Contrabandista

El rodaje de esta comedia de enredo protagonizada por Antonio Ozores, un joven ceutí tímido y bonachón que se relaciona por carta con una chica madrileña a la que va a conocer, causó todo un revuelo en la ciudad

No han sido muchas las películas en las que los cineastas pusieron los ojos en nuestra ciudad, documentales aparte. Tampoco las escenas en las que Ceuta apareció en ellas fueron especialmente largas. Excepto la última, presentada en Madrid en 1974 que, dicho sea de paso, fue la gran excepción y a la que nos referiremos próximamente.

Me ha venido a la mente lo anterior después de tener la oportunidad de visionar uno de esos filmes, ‘Cupido Contrabandista’, estrenada en 1961. Hubo que esperar unos meses más para que la cinta pudiera verse en nuestra ciudad. En mi caso lo fue más tarde aún cuando, de reestreno, se volvió a proyectar de nuevo, en esta ocasión en aquella simpática sala del Morro que regentó la familia Ibáñez, el cine ‘Avenida’, arrasado, por cierto, años después, por un voraz incendio cuando, tras el cierre del cine, el Ceutí en la época de oro de la sociedad se instaló en aquel local para celebrar sus bailes y festejos de invierno. ¡Qué tiempos aquellos!


‘Cupido Contrabandista’ fue una comedia de enredo de 88 minutos de duración, la segunda de las tres películas que dirigió en su filmografía Esteban Madruga, interpretada por conocidos actores de la época como Antonio Ozores, María Mahor, Santiago Rivero, Tomás Blanco, Julia Caba Alba y Pepe Isbert, entre otros. En nuestra ciudad se rodaron sus primeros exteriores y después en Algeciras y Madrid.

Su argumento nos presenta a Juan (Ozores), un joven ceutí tímido y bonachón que se relaciona por carta con una chica madrileña a la que va a conocer

Su argumento nos presenta a Juan (Ozores), un joven ceutí tímido y bonachón que se relaciona por carta con una chica madrileña, a la que se decide ir a conocer a la capital. En el trasbordador coincide con María (María Mahor), con la que poco antes de embarcar había tenido un pequeño contratiempo en el puerto. Durante la travesía, unos contrabandistas se valen de él para que pase inadvertidamente por la aduana unos diamantes que habían sido robados en Tánger. A partir de ahí se suceden una serie de peripecias y aventuras en las que se verá envuelto el inocente Juan, quien, al final se relacionará sentimentalmente con María, lo que ella había intentado desde el primer momento, cautiva de su flechazo.

La película sigue la línea de las comedias españolas de antaño, una ‘españolada’, vaya, como un amplio sector de público llegó a bautizarlas. Lo que en este caso no es óbice para que resulte entretenida y agradable si nos sobreponemos a la línea que definía a aquel cine que dejamos ya atrás.

Todo un auténtico revuelo en la ciudad

El rodaje de ‘Cupido Contrabandista’ causó todo un revuelo en la ciudad. El Rebellín ardía en expectación aquella tarde con tantos admiradores rodeando a sus ídolos en persona cuando estos aprovecharon para acercarse a nuestros bazares atraídos por el nylón, los relojes y la maquinaria fotoeléctrica. Otro tanto había ocurrido con anterioridad en el ´Delfín Verde’, al que los actores habían acudido a mediodía para reponer fuerzas con unos bocadillos. Una auténtica avalancha de petición de autógrafos y el deseo de proximidad con los artistas hizo que estos tuvieran que terminar disfrutando de su ‘tentempié’ en una de las dependencias del establecimiento. Cabe imaginar lo que habría sido entonces aquello si hubieran existido los selfis.

Un jovencísimo Antonio Ozores, que ya prometía una gran carrera por entonces, rodó diversas escenas en el muelle Cañonero Dato, una de ellas cuando con su proverbial despiste cruza la carretera a gran velocidad frente al citado ´Delfín’, vigilado de lejos por los contrabandistas. Después aparecerá María Mahor conduciendo una Vespa con la que está a punto de arrollar al protagonista. La escena tuvo que repetirse varias veces ya que la circulación de vehículos no se cortó para el rodaje y, por su puesto, por la inevitable y continua afluencia de curiosos en el lugar.

Por cierto, que la anécdota saltó también a última hora cuando tuvieron que enseñar a toda prisa a María Mahor a montar en la Vespa ya que ella jamás se había subido en moto alguna, algo que al parecer no habían previsto ni la actriz ni los cineastas.

Animo al lector a descargársela de internet. No quisiera equivocarme, pero me atrevo de decir que pasará un buen rato a lo largo de esa hora y veinticinco minutos que dura la película, no digamos si ya peina usted canas.

Recuerdos entrañables de otra época

Como ceutí y por mis años vividos no puedo por menos que quedarme con el principio del filme por las imágenes, recuerdos y lugares a los que nos retrotrae al trasladándonos sesenta años atrás en el tiempo: el mirador de García Aldave, tal y como era antes con una panorámica de la ciudad desde el lugar, la plaza de África y el antiguo Puente Almina. Llaman la atención los soldados de la plaza con sus viejos y destartalados uniformes, y la peculiar antigua y desaparecida estación marítima junto con el ‘Delfín Verde’, al igual que los trasbordadores ‘Ciudad de Tarifa’ y ‘Virgen de África’, en los que se ve como el pasaje embarca por una rudimentaria y empinada escala, aquella que entonces tenía que levantar a pulso un fornido marinero mediante una polea.

Situados ya en la otra orilla en la que los contrabandistas no perderán de vista a Juan, las imágenes nos trasladan al modesto y desconocidísimo puerto de Algeciras, cuya superficie prácticamente se reduce a las zonas de atraque de los trasbordadores de Tánger y Ceuta, amén de la flota pesquera o el barquito de la desaparecida línea con Gibraltar. Quién podría predecir entonces su descomunal y continuo crecimiento futuro, mientras el nuestro permanece prácticamente igual.

Otro tanto podemos decir de la aduana, un modesto y arcaico caserón al que, como se ve también en las imágenes, para desfilar los pasajeros por su interior deben de hacer cola fuera dadas sus reducidas dimensiones. Una vez en el recinto se aprecia igualmente como, tras el registro de rigor de los equipajes por parte de los funcionarios aduaneros, estos estamparán en los mismos la marca con la tiza identificativa que el viajero deberá de mantener hasta la salida del recinto portuario, señal de que las maletas fueron inspeccionadas, curioso detalle que no escapó tampoco en la película.

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