Treinta años viviendo ininterrumpidamente en un edificio dejan huellas imborrables en tu subconsciente, máxime si esas tres décadas han sido también las primeras de tu existencia. De ahí que al pasar junto al inmueble sientas, sin poderlo evitar, una fuerza interna que te hace desviar una y otra vez la mirada hacia él.

Eso me sucede cuando paso por la Marina, frente a la que dieron en llamar la Casa de los Púlpitos por las repisas de sus balcones y con esa especie de forma de concha. Han pasado los años, demasiados, pero ese edificio y todas mis vivencias en él permanecen fuertemente impregnadas en mi interior. Historias de vecindad, momentos de felicidad, de momentos tristes, de sentidas ausencias y la evocación de una sociedad tan distinta a la actual que no volverá, como yo tampoco a retornaré a la que fue mi inolvidable morada familiar.

El elegante inmueble, muy pronto ya octogenario, fue obra de José Blein, en 1935, como tantos otros que salieron del estudio del recordado arquitecto municipal, goza con un nivel de protección 1. Se levantó por encargo del banquero, comerciante y propietario Manuel Delgado para dedicarlo a viviendas de alquiler, excepto el último, con sus dos terrazas privadas, que reservó para la familia.

Durante muchos años ocupó su enorme ático con sus formalismos historicistas, el que fuera comandante militar de Marina, Delgado Tagle, y con posterioridad su hijo, marino radiotelegrafista mercante de profesión. Tras su fallecimiento la casa la sigue disfrutando su viuda, nuestra entrañable Pili Encina, con diferencia la vecina más antigua de la finca.

El progenitor del autor de este artículo en su establecimiento con un dependiente en 1950. R.L.

También en esa última planta ocupó su pequeño apartamento hasta su fallecimiento la portera del edificio, nuestra querida Manuela, la celosa y abnegada guardiana del edificio. Tuvo la terrible desgracia de perder a su única hija, Pili, tras un infortunado y sufrido parto del que vino al mundo su nieto, Jesús Ferreiro, el conocido emprendedor ceutí y actual presidente de la Asociación Española contra el Cáncer.

Jesús se crio con su abuela, especialmente cuando su padre contrajo segundas nupcias lo que no fue obstáculo para que estuviese permanente pendiente de su hijo. Ferreiro no olvida a su sacrificada abuela, me contaba, a la que consideró como su madre, como tampoco los años de su infancia y juventud en la singular mansión de la Marina.

Sede empresarial y comercial

La totalidad de la planta principal del inmueble se destinó a oficinas. En ella se instaló la sede de la Compañía General de Carbones, cuando había tanta demanda de este mineral para la navegación a vapor. Cabe recordar aquel muelle Alfau, destinado en sus orígenes a depósito y suministro de este material, con sus esbeltas grúas eléctricas y con tanto tráfico de buques por entonces.

Desaparecida la compañía, a medida que fue pasando para la historia también el carbón para la navegación, esa gran planta principal del número 24 de la entonces llamada calle Calvo Sotelo pasó a ocuparla también en su totalidad la empresa Atlas S.A. Era la época de expansión del gas butano y las dependencias se veían siempre con público para formalizar sus contratos, de ahí que por entonces muchos conocieran al edificio como la Casa del Butano.

Con una importante plantilla de empleados como la anterior, la empresa permaneció en el lugar durante muchos años hasta que fue reduciéndose drásticamente la demanda del gas doméstico y por las nuevas derivadas de negocio de la empresa. Fue entonces cuando el siguiente propietario del edificio terminó convirtiendo esa superficie en diversos apartamentos.

"Después vino la larga época de las chocolatinas Nestlé con sus célebres estampas que luego había que pegar en sendos álbumes"

Ya a pie de calle, el local izquierdo del edificio lo ocupó durante bastante tiempo la firma nacional Comercial Nestlé S.A. como distribuidora de sus productos para Ceuta y del vecino Protectorado. Curiosa oficina aquella por su continuo trasiego de personas en busca de los premios o los regalos de algunas promociones de la firma.

Primero, creo recordar, fueron las etiquetas de leche condensada La Lechera, cuando presentando un número determinado de ellas, la firma regalaba cubiertos de alpaca. Después vino la larga época de las chocolatinas Nestlé con sus célebres estampas que luego había que pegar en sendos álbumes que, una vez llenos y sellados en la oficina, permitían a sus poseedores entrar en un sorteo de premios. Todo aquello tuvo una gran aceptación popular de ahí el desfile de personas que a diario desfilaban por el lugar. El final del

Protectorado determinó el paulatino cierre del local que luego han ocupado establecimientos de electrodomésticos, mantas, maletas o zapatos.

‘La Casa de los Púlpitos’ del lateral a la calle La Legión. R.L.

En la otra ala de esos bajos, la tienda de ultramarinos de mi padre, ‘Casa Ricardo’, que regentó hasta su jubilación y en la que sus hijos nos formamos como hombres y como trabajadores con enseñanzas que el instituto difícilmente podía proporcionarnos.

Comerciante por vocación mi progenitor, arribó siendo muy joven a Ceuta en unión de sus dos hermanas, animado por su hermano Antonino, que en Riffien hacía su carrera militar en La Legión.

Era la búsqueda de unas oportunidades que jamás podrían encontrar en su Bernués natal (Huesca). Formado como dependiente en ‘Casa Marcelino’, y tras regentar una primera tienda en Teniente Pacheco, ‘La Aragonesa’, se vino a la Marina donde hizo su vida comercial con su nuevo establecimiento de ultramarinos [terminología al uso de la época] hasta el final de su vida activa, a la par que trasladaba también su vivienda familiar al propio edificio, en la que vivió hasta el final de sus días.

A su jubilación, mi padre traspasó su comercio a la familia Chicón que al poco tiempo lo transformó en el ‘Superservicio Ansa’, el primero en su género de esa calle. En la actualidad el local lo regenta una hija, aunque ya bajo otro modelo de negocio, ‘Manualidades África’, toda una acreditada especialidad en su género.

‘La Casa de los Púlpitos’ de frente a la calle La Legión. R.L.

Cuando los vecinos eran una familia

Excepto Pili, no tengo el gusto de conocer a ninguno de los actuales vecinos por lo que me retrotraigo a los antiguos, con los que me tocó vivir tan cálidos e imborrables momentos. Sin menospreciar a la actual sociedad, al hilo de los tiempos que nos ha tocado vivir, me atrevo a asegurar que aquella vecindad de otras épocas era, en la mayoría de los casos, casi de auténtica familia y así sucedía también en la de la Casa de los Púlpitos.

Debajo nuestra vivía Manuel Méndez Avilés y familia, el delegado de Nestlé, cuya señora, Dª Paca, pañuelo de lágrimas y mano socorrida tantas veces de mi madre, especialmente tras el nacimiento de mi hermano Antonio, cuyos padrinos quisieron, precisamente, ser ella y su marido.

Con ambos vivía un hijo, Paquito, y una sobrina, Lucía, enfermera, siempre atenta para las inyecciones o cualquier cuestión sanitaria, atenciones que compartía con José de la Cruz, practicante de la Armada, vecino puerta con puerta con nosotros y con cuya familia manteníamos también otra estrechísima relación. Uno de sus hijos, Antonio de la Cruz, nuestro ‘Toni’, vivió con ellos hasta que se casó y con el que tanto disfrutábamos con los chascarrillos y ocurrencias del tan singular y popular periodista de ‘El Faro.’

Enfrente nuestra, la familia del comandante de Intendencia Fernández con su mujer y sus dos sobrinas. La más joven se casó con Teodomiro Sánchez Valverde, delegado sindical de la época, viviendo el matrimonio con sus hijos en la casa. Si estrecha fue la relación con esa familia, no lo fue menos cuando después de muchos años se marcharon de Ceuta y el piso fue ocupado por el interventor municipal, Arturo Pascual Loscos, fallecido por cierto en 2021. Cuántos buenos ratos y celebraciones en ambos casos.

"Ya en la primera planta, el comandante de Infantería Dionisio Pérez Calvo y señora, un recto y sobrio militar, al estilo de los de la época"

Además de la familia Méndez, en la segunda planta vivió también con su esposa y sobrina, Francisco Tendero, uno de los mejores mecánicos de la época con el taller que tenía en una de las edificaciones que por entonces imposibilitaban la comunicación entre la actual calle Algeciras y Sargento Mena. Un frustrado tenor lírico y mi desinteresado guía tantas veces cuando compré mi primer coche, el Seat 850, siempre pendiente del mismo cuando lo tenía aparcado en la puerta de casa.

El otro vecino de esa planta, Francisco López Bravo, teniente coronel de Regulares 3, alcalde de Ceuta y vicecónsul de Portugal era, como su esposa, una persona de exquisitos modales, ironía y un muy personal sentido del humor. Persona honestísima, no dudó en dimitir de su cargo por divergencias con quienes ostentaban el mando en plaza, algo complicado en aquella época y de lo que jamás quiso dar explicaciones a nadie.

Ya en la primera planta, el comandante de Infantería Dionisio Pérez Calvo y señora, un recto y sobrio militar, al estilo de los de la época, con el en ocasiones disfrutábamos en su ‘cortijito’ del monte Hacho, como él llamaba a su retiro.

En la puerta del centro los descendientes de Ricardo Rodríguez Macedo, alcalde de la ciudad entre 1924 y 26, afables y abiertos todos ellos, uno de cuyos biznietos, vecinos también de solteros en el piso, Ricardo Muñoz Rodríguez fue también alcalde, al tiempo que su hermano Antonio alcanzó la presidencia de la Autoridad Portuaria. Militantes de UCD y del PSOE respectivamente, ambos gozaron de especial relevancia en su época.

Ya, por último, las familias del piso derecho, Juan Díaz Fernández, el siempre recordado y gran escritor, su mujer Meli, su suegra y los tres hijos del matrimonio. Sólo uno de ellos, mi buen amigo Fernando, prestigioso abogado, sigue residiendo en Ceuta. Cuántas noches o madrugadas, cuando regresaba a avanzada hora a casa, oía desde la calle el ágil teclear de su máquina dando vida a uno de sus tantísimos artículos o cuentos, y cuántos tirones de orejas me dio cuando este cronista comenzaba a juntar letras. Tirones y sabios consejos para mí, viniendo de quien venían.

En detalle

Una vieja dama

Juan Díaz.

Precisamente nadie como Juan Díaz podía escribir mejor sobre su querida Casa de los Púlpitos en la que vivió tantos años y vio criar sus tres hijos, uno de los cuales, mi buen amigo Fernando, quede aquí como remate final un breve testimonio suyo que vio la luz en este diario y que posteriormente incluyó en uno de los capítulos de su libro ‘TORRE DEL FARO’:

“Es una casa de apariencia señorial, con sus torreones y cresterías en todo lo alto. Yo la veo como una de esas viejas damas empingorotadas de pelo blanco y violáceo, con gargantilla de terciopelo en el cuello pellejudo, camafeo de ónice colgándole sobre el pecho, varios anillos en sus huesudos dedos, y bastón de ébano con empuñadura de plata o marfil, que se mantienen a despecho del tiempo con su arrogante dignidad y sus recuerdos”.

El Faro

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