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Calle Millán Astray (II)

PATIO DE LA PALMERA .   Millán Astray, número 8.   Muy cerca del Patio Cineluz y de otro patio situado tras la “Casa de los Dragones” de la familia Cerni.   En este patio  existió un reñidero de gallos, entretenimiento que años atrás reunía a mucha agente, incluso con apuestas. También estaba allí localizada la tienda  de comestibles de Paco (Galindo). Más abajo estaba el Colegio de la Inmaculada Concepción.
Francisco Pascual Melgares, nacido en Vélez-Málaga, industrial, casado con Dolores Jimenez Sánchez, de Archidona, y tuvieron dos hijos, Dolores y Francisco, nacidos en Tetuan, vivieron en este patio, el cual estaba lleno de claveles y jazmines. Joaquinito Amador publicó en diario “El Faro” un articulo llamado “Requiem por un jazmín”. Joaquin Pascual era el dueño de la tienda de comestibles justo al lado de este patio, según me relata su hija Dolores, quien se casó con Manuel San Agustín Reguero, que trabajó durante 40 años en la “Caja de Ahorros y Monte de Piedad”. (posteriormente Caja Madrid). El hermano de Dolores, Francisco, fue Vista de Aduanas.
Algo más abajo de la calle estaba la Sinagoga y la Vicaría, así como dos pensiones. Joaquín Castillo y su esposa Juana, llegaron a este patio procedente  del Asilo Viejo. Juana Muñoz Martinez, de Ceuta, viuda, con sus hijos Josefa, Juana y María. Y José García Escarcena, de La Linea, carpintero, casado con Rosalía Almenta Chacón, de Sevilla y sus hijos Manuel, Rosario, Josefa y Rosendo.
“Recuerda que en el nº 12 había otro patio dónde vivía un Coronel, de quien sólo sabía su apellido; Menacho, que vivía en una gran casa con jardín”.
“EL REÑIDERO”     Publicado en el boletin nº 4 de la Casa de Ceuta en Algeciras.   (Colaboración)
Una de las diversiones que existieron por aquellos años 30 en nuestra querida Ceuta, eran las peleas de gallos.
Por aquel entonces, en 1937, vivíamos en la calle Echegaray nº 10. Nuestra casa era una vivienda de dos plantas dentro de un inolvidable patio compartido por otros vecinos; las señoritas Benacluy, familia Momoso, etc. pero nuestra entrañable y querida amistad, se volcaba en la familia Sobrino-Peña.
A través de Salvador Sobrino nos picó la afición por los gallos de pelea, ya que este recordado amigo, tenía en un pequeño espacio del patio, jaulas para cada pieza. Con él, aprendí a denominar por el color del plumaje cada gallo; colorao, jabato, melado etc. así como el pesado del animal, el cuidado de las puyas naturales o superpuestas, su pelado, comida y curas entre otras cosas.
En la calle del Obispo, hoy Millán Astray, se encontraba en una esquina de la calle Solís y frente a las tapias  del antiguo Colegio de las Monjas y residencia del obispo (de ahí el nombre de la calle) el reñidero de gallos.
Este estaba en un pequeño patio y era de madera con grandes ventanales para darle gran claridad- Se mantenía limpio, encalado y rodeado de un entarimado, igualmente de madera que dejaba en su parte baja un redondel de ciertas medidas donde competían los dos contendientes, este redondel estaba forrado de un alfombra de esparto que cubría todo el suelo.
Estas peleas de gallos se celebraban los mañaneros domingos y era curioso como los asistentes pujaban en sus apuestas por estos bravos animales. Había un tope para cada pelea, medido por un reloj de arena y la pelea terminaba bien por el “canto de la gallina” del vencido, por la huida de uno de los gallos, por una amala herida o simplemente por un puyazo certero que mataba a uno de los enfrentados. Inmediatamente el presidente del reñidero suspendía la pelea, retirándose los gallos por sus respectivos dueños, después venían las curas y desinfección de los animales, muchos de ellos llenos de sangre y sudor, así como algunos tuertos que después de curado, seguían peleando aunque compensados en su peso a la hora de un nuevo enfrentamiento con el largo de las puyas.
Dentro, en el circo, quedaban los aficionados, repartiéndose las ganancias de sus pujas y esperando el pesaje de una nueva pareja de gallos. El peso de estos animales se hacía a la vista del público, de una balanza que pendía desde el  techo del circulo y las mediciones de las puyas para una nueva pelea.
Había gallos famosísimos recordando uno llamado “Pinchauvas” que era propietario de D. José Lago Herrera, padre del hoy presidente de la Casa de Ceuta en Algeciras y amigo, Antonio Lago Cuadro. En fín una época ya pasada y jamás olvidada de aquellos tiempos vividos y que siempre recordaré con nostalgia en nuestra querida Ceuta. (Agustín Marañés)

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