Opinión

Caídas, dejación y resultados

La Ciudad ha sido condenada en varias ocasiones por el mal estado del pavimento. Hemos publicado buen número de sentencias en las que se pone de manifiesto la absoluta falta de cuidado y atención hacia zonas que son de su competencia, lo que incide directamente en el descuido que se tiene con el ciudadano. Debe ser que el dinero no es de uno cuando se tiene tan poco cuidado en garantizar un mínimo control lo que derivará en condenas que vienen a sumar, en conjunto, un buen pico con cargo a las arcas públicas. No hay semana en la que no nos encontremos nuevas obras y nuevos destrozos a base de socavones, rotura de aceras o pérdida de mobiliario urbano. En ocasiones esas incidencias son denunciadas de forma pública buscando la solución inmediata en forma de arreglo que no llega.

Lo peor es que te topas con sorpresas, de esas que una no se espera y de las que se da cuenta cuando ya tiene fractura con recibito sanitario incluida. Luego ya saben, la administración se busca sus excusas para echar la culpa al ciudadano por su errático deambular, ya que ver en los demás el fallo que tiene uno siempre es más cómodo que asumir que se está haciendo mal un trabajo o que, sencillamente, no se hace. Hubo un tiempo en que se inventaron aquello de ‘controlador de barriadas’. Figura que además de servir para que los partidos políticos colocaran a sus afines otorgándoles puestos con los que justificar un sueldo, tenían que motivar una serie de informes para evaluar cómo estaba la ciudad. Entiendo que nunca los hicieron ni nunca justificaron el puesto para el que habían sido encomendados. La respuesta la tenemos en el estado de determinadas zonas en las que literalmente se juega con la integridad física de las personas durante tiempo y tiempo, sin que nadie actúe para subsanar los auténticos peligros urbanos.

Uno no tiene por qué andar por las calles con miedo, uno no se tiene por qué acostumbrarse a ese círculo vicioso que parece haberse montado de caída-denuncia-indemnización. No es normal que se degenere tanto una situación anómala que convierte muchas de nuestras calles en trampas para quien las recorre, buscando luego subsanar ese abandono a golpe de talonario. Convertir lo anormal es una rutina resulta inadmisible.

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