Opinión

Caer en la trampa de creernos a salvo

Abramos los ojos que hemos tenido cerrados durante tantos meses. Miremos alrededor por un instante y respiremos una libertad siniestra que nos encarcela hasta el alma. Andemos las calles, acudamos a organismos públicos, pidamos citas previas para orinar sin perder el turno.

Es la victoria de un Gran Hermano que ya nos contó Orwel en su libro distópico y apocalíptico ‘1984’.

Son las secuelas de la pandemia, las enfermedades sobrevenidas de una sociedad en la que todos somos tratados como sospechosos, potencialmente peligrosos, deshumanizados, ordenados, uniformados. Así son ahora las reglas del juego.

Cito a mi compañera Wendi Arjona, una filósofa irreverente que busca llaves para reflexionar sobre lo políticamente prohibido:

“Caminamos irreversiblemente hasta totalitarismos de violencias desconocidas. Las instituciones se han blindado ante los ciudadanos que tenían conciencia de derechos civiles con los guardianes del patriarcado. Estética militar y control exhaustivo y digitalizado de quien entra y sale. Lo vemos en Tráfico, Hacienda, algunos servicios tributarios. El covid nos ha lavado el cerebro”.

La Dirección Provincial de Ceuta recibe a los profesores con guardias de seguridad armados, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado han pasado a convertirse en vecinos cotidianos. En la supuesta “Protección de datos” se sabe todo de todos: dónde estamos, qué hacemos, cuáles son nuestros gustos y disgustos, qué compramos, qué bebemos y qué marca de calzoncillos o bragas usamos. Es curioso que los profesores no podamos saber la nota de selectividad de nuestros alumnos para no vulnerar su intimidad.

Y así formamos filas, nos ordenamos, nos ponemos en una lista con fecha, día y hora para realizar infinidad de asuntos.

La vida es online, el amor es online, la amistad es online, la comunicación es online, los sentimientos y las emociones son online. Todo registrado en compartimentos estanco. Otra vez la caverna de Platón.

Lo preocupante es que hemos sucumbido a esta sociedad cerrada, robotizada en el que el pensamiento vive en celdas de cristal para disimular los barrotes de hierro.

Nos confiscaron todas las limas y ha quedado al descubierto el plan de fuga.

Hoy mi madre, con sus 85 años, era atendida telefónicamente por un médico. La seguridad ante todo.

Hay ojos vigilantes aunque nos hagamos invisibles.

Nos han quitado la mascarillas para ponernos escafandras.

El poder es un patriarcado que corre por las venas. En ese patriarcado nos someten al velo de la ignorancia pues nos han inoculado el placebo del “mundo feliz”.

El lunes iré a pagar a Hacienda, espero que al servicio de seguridad no se le escape una bala por accidente fortuito. Siempre hay fuego amigo.

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