La Policía Nacional celebró ayer con un izado de bandera sus 200 años de historia. Se eligió la plaza de África como escenario y hacia allá que fueron aquellos ciudadanos que querían disfrutar del primero de los actos enmarcados en el Bicentenario bien por gusto o bien porque tenían familiares o amigos con los que querían compartir la jornada.
No pudieron hacerlo. El acto parecía más bien organizado para disfrute de los políticos, clase judicial, autoridades e invitados con silla reservada. Los demás quedaron arrinconados en una plaza de África acotada con vallas y con la única visión de los agentes de espaldas mermada además por los árboles.
Esas familias, hombres, mujeres, niños y ancianos se quedaron sin disfrutar como debían de un acto público. Lo grave de todo esto es que se había hecho un llamamiento a la ciudadanía para que acudiera a arropar a la Policía. Y fueron, claro que sí, pero se toparon primero con que debían dar todo el rodeo a la plaza para llegar hasta el centro y, segundo, con que se les impedía estar cerca disfrutando.
No estuvo bien. Parecía más bien un acto preparado para un club privado que para todas personas que dedicaron una parte de su jornada a estar allí porque se sienten orgullosas de su Policía y solo vieron espaldas, espaldas y más espaldas y, al fondo, políticos, autoridades y más políticos.
Es importante saber para quién se organizan los actos y aquí parece que se olvidaron de los más importantes.
Me quedo con la imagen de un matrimonio de bastante edad apoyado en una de las barandillas frente al izado de bandera. No se movieron durante todo el evento, vieron lo que pudieron y se marcharon. No protestaron, simplemente estuvieron, educados, correctos pero con una sensación extraña de estar en un lugar en el que parecía que se habían dispuesto todos los obstáculos posibles para que quienes tienen que dar la aprobación o no al trabajo de la Policía quedaran invisibilizados.
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