Anunciaba G.K. Chesterton que “la historia demuestra que el sentido común es incapaz de sobrevivir, si no está protegido por el cristianismo”, o dicho de otro modo: “La imparcialidad es un nombre pomposo para la indiferencia, que es un nombre elegante para la ignorancia”.
A “bautizos civiles” y “bodas” de perros, a eso se dedican algunos concejales como si nada más tuvieran que hacer bajo el prisma de ganarse simpatía que ellos inmediatamente traducen en votos.
Estos actos, además de ser simpáticos, si no tuviesen detrás el apoyo de las instituciones públicas gobernadas por insensatos, son actos que ante la indiferencia general demuestran que el sentido común se ha perdido en aras al buenismo.
No todo vale, aunque sea gracioso. Como decía Pablo de Tarso hace dos mil años: “todo me es lícito, mas todo no me conviene”. Perder la objetividad de los hechos no tendría mayor importancia si fuesen actos de carácter particular. Los perros son seres adorables y los niños merecen cualquier fiesta. Pero que las instituciones públicas sean utilizadas para realizar estas soberanas tonterías es un signo alarmante que denuncia en qué gastan y cómo nuestros recursos públicos.
La “boda” que la concejala de seguridad de Murcia ha realizado entre dos perros, vestimentas payasescas incluidas, roza la estupidez. Lo que podría haber sido un simpático acto particular atendiendo al sueño de una niña, las disparatadas manos de esa concejala lo han convertido en acto de esperpento político.
Además, irónicamente, en lenguaje y pensamientos de esta plaga de políticos disparatados, se trataría de puritanismo porque los perros, que todos sepamos, habrían practicado siempre el “amor libre”.
Esto no son más que soberanas tonterías para humanizar a los animales deshumanizando a las personas. Quizá nadie haya pensado antes que faltaban a la dignidad y belleza de los animales, vistiéndolos con ropajes humanos y obligándoles a permanecer quietos mientras se “celebraba” la payasada, en un siniestro altar con dos velas. Ya me dirán a qué tipo de boda querían imitar en su jocosa aventura.
O visto desde el otro punto de vista ¿Tan a la ligera nos tomamos decisiones y actos que marcan nuestras vidas para siempre como es una boda? Una boda afecta a toda la vida de, al menos dos personas, no digamos ya a hijos y demás familiares. El fracaso de la misma es un drama, un duelo que muchos tienen que vivir. El acierto, es un campo sin límites de felicidad para todos.
Las imitaciones jocosas están bien, pasar un buen rato es algo estupendo, cumplir los sueños de una niña casi un deber. Pero dejemos a los profesionales del humor realizar sus bufonadas, y no a los concejales utilizar recursos públicos en ello. Aunque visto esto, no creo que haya mucha diferencia entre algunos concejales y un solemne bobo.
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