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Auditorio que viene

Por una vez nuestro Carnaval respetará la Cuaresma. Como debe ser. Años y años llevábamos tropezando con la misma piedra. Albricias. Los carnavaleros lo han celebrado. No hay que olvidar que muchos de ellos son también cofrades. Comparseros y chirigoteros, radiantes de felicidad como nunca, arden ya en deseos de subir al escenario, aunque medien todavía tres meses. Van a tener, por fin, un teatro. El viejo sueño se hará realidad. Inaugurado, el pasado viernes,h el Conservatorio, el auditorio casi se palpa con la punta de los dedos. Ha sido preciso esperar casi tres décadas para que Ceuta disponga un teatro, después de perder los cuatro que poseíamos. Se dice pronto.
No conozco el Auditorio aún. Parece que va a estar a la última. Polémicas y revolcones políticos con la adjudicación del mobiliario, cuyo enredo no acierto a comprender, me cuentan que será un auténtico lujo. Lo tiene todo. Céntrico, con un colosal escenario, accesible y con gran la facilidad de disponer de un enorme parking subterráneo que permita desplazarse hasta él sin problemas, tal y como está el aparcamiento.
En mi opinión, el nuevo auditorio, con todas sus bendiciones, encierra algo que nunca acerté a comprender: su aforo. ¿Cómo en tan enorme solar, con esos espacios abiertos, muertos en algún caso, que han quedado en el exterior, no ha sido posible conseguir un mayor número de butacas? Porque, definitivamente, serán 615, de las cuales unas 120, aproximadamente, serán para palcos. Una capacidad suficiente para determinados espectáculos, no así para los de afluencia mayoritaria, tal es el caso del Carnaval para el que, un año más, será difícil hacerse con una localidad. Quienes las quieran habrán de ‘acampar’ durante toda la noche a las puertas de la taquilla como siempre.
En este mismo tema incidía yo casi un año atrás, con la remota esperanza de que se pudiera reconsiderar el proyecto. Las cifras que ofrecía eran tan claras como las aguas de Benzú. Tiremos de historia.
El teatro ‘Cervantes’, cuya vieja edificación aún sigue en pie, precisamente enfrente, en la misma calle Padilla, disponía, antes de transformarse en multicines, de 1.054 butacas, repartidas entre las 524 de patio, las 393 de principal, 77 en “balconcillo” y los diez palcos de seis localidades cada uno.
El viejo ‘Apolo’, al que seguimos recordando con su busto de Torvizco en la planta inferior y algunas de sus inconfundibles columnas en la superior, disponía de 520 butacas que, sumadas a las de general, se situarían en una cifra similar a las del Auditorio.
Unos aforos en nada comparables a las de los cines que se edificaron muchísimos años después. El caso del primitivo ‘Africa’, cuyo derribo es ya inminente, con sus confortables 800 localidades de platea y club, más las 300 del piso superior, se colocaba en las 1.100.
Ya por fin el ‘Terramar’, cuya pérdida, por la desidia de la corporación municipal de la época, seguiremos lamentándola siempre, contó con un total de 2.100 localidades, de ellas nada menos que 900 en su descomunal planta superior construida en forma de visera. O sea que, solamente con su zona de la general, el cine de D. Antonio Delgado superaría en 285 localidades al auditorio del Rebellín.
Indiscutiblemente que la ciudad de hoy, aún con más población, no es ni por su composición y ni por la demanda que actualmente tienen los teatros, la que llenaría los desaparecidos coliseos. No se trata ni muchísimo menos de aspirar a conseguir el aforo de uno cualquiera de aquellos, pero sí de haberlo aumentado al disponerse del solar necesario, y en proporción también al gigantesco escenario con el que contará el nuevo teatro de la calle Padilla. No pienso sólo en el Carnaval sino en otros espectáculos que, por su calidad y coste, precisan del soporte de un aforo que los pueda rentabilizar y que permita la entrada del mayor número de personas.
Por cierto, menos mal que se ha reconsiderado, al final, bajar la intensidad del resplandeciente blanco del edificio, que para una ciudad con la luminosidad de la nuestra, resulta molesto a la vista la inmensa mole de su estructura.
Lo que cabe desear es que la programación y la frecuencia de los espectáculos vaya en consonancia con su categoría y los deseos de una ciudad castigada por sus gobernantes durante tantísimos años a no disponer, como cualquier otra de su población y categoría, de algo tan elemental como un teatro en toda la regla.

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