Suena el despertador, abre los ojos y, al verse dibujado en el espejo, un fogonazo como un fuego de artificio le recorre por las venas, chisporroteando su cerebro, estallando en el alma. Se pregunta: ¿Fue verdad?
Lo fue. Anduvo por Marina Española, guiado por el faro de luces, movido por el monocorde hilo musical, atraído por el runrún del júbilo popular. Nunca había estado en la Feria pero ya se sentía agitado, como si una noria le hubiera dado un vuelco a su persona, como si el traje que habita en el cuerpo como una sempiterna y pesada piel, hubiera saltado por los aires, dejando al desnudo unas ganas inmensas por disfrutar de una celebración, la de la Feria de Ceuta, que aúna familias enteras, razas diversas, estatus opuestos, alrededor de un mismo fin.
Fin, ésa es la palabra, ése es el trauma, ésa es la consecuencia de la metáfora que es la vida: ¿Acaso ser un mortal no es ser alguien que sabe que tiene un fin aunque no conozca el túnel por el que se accede? La vida nocturna que inventa la Feria, expiró durante la madrugada del sábado pero aún ayer daba los últimos coletazos en el lúgubre lecho: operarios, limpiadores, caseteros, se afanaban por liquidar casetas y reclamos luminosos, adecentar, es decir hacer regresar a la gris rutina, aquello que fue color, alegría y que, poco a poco, se difumina en la bola de cristal de un nuevo día.