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Los que aprendieron el color del desierto

A las Fuerzas Regulares en su CXV aniversario fundacional

Existe un momento en África en que la luz deja de pertenecer a las alturas celestes y comienza a brotar de la tierra. Sucede al amanecer, cuando el sol todavía no ha vencido a la noche y las montañas del Rif aparecen recortadas como un ejército inmóvil sobre un horizonte de cobre. Entonces el aire huele a cuero, a pólvora antigua y a arena. El silencio es apenas un espejismo y quien sabe escuchar distingue el rumor de las caravanas, el eco lejano del muecín, el trote de las acémilas y el paso acompasado de unos soldados cuya historia terminó por confundirse con la de aquellas tierras.

Las Fuerzas Regulares nacieron allí, donde Europa y África nunca llegaron a separarse del todo; donde el Mediterráneo no es una frontera, sino un puente de sal entre dos continentes condenados a mirarse; a fundirse en uno cuando el inexorable tiempo así lo disponga. Nacieron cuando el Protectorado español apenas era un proyecto escrito sobre mapas y el Rif seguía obedeciendo más a sus piedras que a los gobiernos.

Desde entonces, su historia ha sido la de una unidad singular. Un cuerpo capaz de entender dos lenguas, dos religiones y una sola forma de concebir el honor. Soldados que aprendieron que el desierto no perdona la improvisación y jamás concede una segunda oportunidad. Aquellos primeros Regulares caminaron bajo un sol que parecía fundir el acero de los fusiles y aprendieron a distinguir el peligro en un silencio demasiado largo.

África nunca fue solamente un escenario militar. Fue un estado de ánimo.

Lo comprendieron quienes atravesaron los senderos del Gurugú, donde la niebla podía ocultar una emboscada a pocos metros. Lo supieron quienes ascendieron por las laderas que dominaban Melilla mientras el viento levantaba remolinos de polvo que borraban el horizonte. Lo descubrieron quienes hicieron guardia en Ceuta y en Tetuán, ciudades donde el olor del té se mezclaba con el incienso de las mezquitas, el sonido de las cornetas militares y el bullicio de los zocos.

Aquel territorio poseía una belleza indescifrable. No era la belleza complaciente de los jardines europeos, sino la de las piedras milenarias, la de los barrancos donde el eco parecía guardar memoria de todas las guerras. Allí las noches caían de golpe y el firmamento se convertía en un océano de estrellas bajo el que avanzaban caravanas de mercaderes cabalgando sobre las nómadas dunas, como si el tiempo hubiera decidido detenerse varios siglos atrás.

Los Regulares hicieron suyo aquel paisaje. No porque les perteneciera, sino porque aprendieron a respetarlo.

Después llegó el desastre.

Annual sigue siendo una palabra capaz de helar la sangre. Posiciones enteras desaparecieron bajo el fuego enemigo. Columnas deshechas caminaron durante días entre el polvo y la desesperación. Monte Arruit terminó convertido en un símbolo de sacrificio y tragedia. Los supervivientes cargaron para siempre con el recuerdo de compañeros caídos bajo un sol inmisericorde.

En aquellos días oscuros, los Regulares combatieron hasta el límite de sus fuerzas. Hubo repliegues, contraataques y resistencias desesperadas. Hubo oficiales y soldados que decidieron permanecer donde otros habrían huido. La historia militar suele escribirse con nombres propios, pero también con miles de hombres anónimos cuya única recompensa fue no abandonar a quien combatía a su lado.

No era la primera vez que el Rif reclamaba sangre española.

Mucho antes, el Barranco del Lobo ya había advertido que aquellas montañas jamás aceptarían ser conquistadas sin pagar un precio terrible. Cada roca parecía esconder un fusil; cada vaguada podía convertirse en una trampa sin salida. El terreno combatía tanto como los hombres.

Sin embargo, el Ejército aprendió.

Y una de las mayores demostraciones de esa capacidad llegó en 1925, durante el desembarco de Alhucemas. Aquella operación, considerada por muchos historiadores como una de las primeras acciones anfibias modernas de gran complejidad, cambió el curso de la guerra. Las playas dejaron de ser únicamente arena para convertirse en un tablero donde se decidía el futuro del Protectorado. Los Regulares estuvieron allí, avanzando entre humo, metralla y olas, demostrando una disciplina que aún hoy continúa estudiándose.

La guerra terminó, pero la leyenda apenas comenzaba.

Porque las unidades militares no se construyen únicamente con victorias. Se construyen con memoria.

Cada bandera, cada guion Regular, cada corneta y cada paso lento durante un desfile llevan detrás nombres casi olvidados. Hombres que jamás imaginaron aparecer en los libros de historia. Oficiales que murieron convencidos de que nadie recordaría su último gesto. Soldados indígenas que combatieron junto a españoles compartiendo el mismo polvo y el mismo destino.

¡Compartiendo España!

José A. Ramos

Por eso las Fuerzas Regulares ocupan un lugar singular dentro del Ejército español. Son la unidad más laureada del Ejército español, fruto de un extraordinario historial de acciones distinguidas y de un número excepcional de recompensas individuales y colectivas. Laureadas de San Fernando, Medallas Militares y otras condecoraciones fueron jalonando una trayectoria construida, casi siempre, sobre escenarios donde el heroísmo apenas dejaba tiempo para ser consciente de él.

Pero las medallas nunca explican una historia. Lo hacen los silencios.

El silencio del oficial que ajusta el correaje antes de salir hacia una posición de la que quizá no regrese.

El del soldado que escribe una carta apresurada antes del combate.

Foto: Pablo H. Gamarra / Faro de Vigo

El del centinela que observa una ladera durante horas sabiendo que el enemigo puede encontrarse a pocos metros.

Y el de quienes regresan décadas después para descubrir que el viento sigue soplando exactamente igual sobre las montañas donde dejaron a sus compañeros.

Con el paso del tiempo, España cambió. Cambiaron las fronteras, las misiones y los uniformes. El Protectorado desapareció. África dejó de ser el escenario permanente de aquellas campañas interminables. Sin embargo, los Regulares sobrevivieron a los cambios políticos, a las transformaciones del Ejército y al paso de más de un siglo.

Hoy continúan formando parte de la élite de las Fuerzas Armadas españolas.

Sus desfiles mantienen una cadencia inconfundible. Sus capas blancas continúan evocando un tiempo en el que el polvo del Rif cubría las botas al finalizar cada jornada. Sus marchas poseen una solemnidad distinta, nacida de una tradición que no necesita levantar la voz para hacerse respetar.

Quien haya visto avanzar una formación de Regulares comprende que no desfila únicamente una unidad militar. Desfilan varias generaciones a su paso solemne, serio, sentido. Lo hacen los que combatieron en los blocaos perdidos del Protectorado, los que sobrevivieron a Annual, los que desembarcaron en Alhucemas, los que sirvieron en Ceuta y Melilla durante décadas y los que hoy participan en operaciones internacionales llevando sobre el uniforme una herencia centenaria.

Las tradiciones militares suelen hablar de espíritu de cuerpo. En los Regulares esa expresión adquiere un significado diferente. Allí conviven la memoria española y la africana, el eco de dos orillas que aprendieron a compartir destino. Pocas unidades pueden hacer gala de haber convertido una frontera en identidad.

Quizá por eso África sigue apareciendo cuando se pronuncia su nombre.

El África del horizonte infinito, la del viento que borra las huellas antes del amanecer, la de las montañas donde el silencio pesa tanto como la roca. La del misterio antiguo que todavía parece esconderse entre las callejas de Tetuán, en las fortalezas que vigilan Ceuta y Melilla, en los senderos del Gurugú y en las playas de Alhucemas, donde la historia aún parece escuchar el eco de las órdenes pronunciadas hace poco más de un siglo.

Hay unidades militares que pertenecen a un tiempo. Las Fuerzas Regulares pertenecen a una memoria.

Mientras existan hombres capaces de marchar con el mismo paso que quienes les precedieron; mientras una corneta siga arrancando el mismo estremecimiento que sintieron aquellos soldados bajo el cielo inmenso del Rif; mientras una bandera recuerde que el honor nunca fue una palabra vacía, la leyenda seguirá viva.

Porque hay historias que se leen.

Y hay otras que marchan a paso Regular.

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