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El apagón

El corte eléctrico masivo comenzó a las 12.30. La península se quedó sin suministro y el caos se fue adueñando a una velocidad de progresión geométrica. Esta vez parecía que todos los responsables que debían solucionar el tema estaban trabajando de una manera coordinada.

Ayuso, tan prudente como siempre, pidió al Gobierno que declarara la emergencia nacional para que interviniera el Ejército ante el apagón masivo de España. Esta señora asustaba al miedo.

Hemos oído de todo: ataque terrorista, las profecías de Nostradamus, estrategia de Marruecos para anexionarse Ceuta y Melilla pues el gobierno no tendría fuerza para intervenir, señal del fin del mundo, apocalipsis, armageddondón, calentamiento global o una posible maldición de la pitonisa Lola que nos ha puesto dos velas negras (que bien nos vendrían) y todo se ha ido al carajo.

Cajeros automáticos, datáfonos, bares, restaurantes, el metro, los semáforos, cocinas eléctricas, frigoríficos, aeropuertos, hospitales, la bolsa, los bancos, internet, televisión, ascensores y todo aparato imaginable que necesitaba este tipo de alimentación.

Nos hemos acordado del kit de supervivencia: una linterna de pilas y pilas de repuesto, o una linterna de cuerda. Una radio de pilas y pilas de repuesto, o una radio de cuerda. Medicamentos esenciales y un botiquín de primeros auxilios. Agua embotellada y comida lista para comer que no se eche a perder para tres días.

Siempre pensamos que esto del apagón le pasa a otros y que "el primer mundo" tiene los suficientes recursos para que esta situación no se produzca; pero lo cierto es que, mira tú por dónde, vino la noche y andábamos a ciegas.

Pero imaginemos que esta situación se hubiera prolongado, que no se diera con la tecla, que ya sumamos para un mes. Para más INRI, comienzan a caer bombas desde el cielo: muertos, hospitales aniquilados, sin alimentos, sin agua potable. Los misiles van que vuelan, los tiroteos indiscriminados: gritos, lágrimas, heridos abrazados a cadáveres.

Sigamos imaginando que debemos abandonar las casas con lo puesto, que nos tenemos que organizar en sitios seguros, que hay inmensas colas de personas que buscan salvarse en otro país que nos acojan.

Imaginemos que el mundo nos mira pero no nos echa una mano; nos convertimos en escoria, en chusma valiendo menos que la bala que nos mata.

Perdón, con esto de estar unas horas en ayunas, sin luz ni teléfono me quedé ensoñarrado y pensé que estaba en Gaza. Menos mal.

Espero que Israel, el pueblo de Dios, no se equivoque de destino con tantos fallos informáticos y se desvíe a la península masacrándonos con fuego amigo.

Veremos lo que vale un peine.

Parece que comienza la normalidad; qué susto con los errores de Israel.

Dedicado a todos los ceutíes que la semana pasada se manifestaron y se solidarizaron con el pueblo palestino.

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