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Antonio Fernández

Me han venido unos recuerdos de un pasado, pero que me parece muy reciente, de un buen amigo que estuvo en un periódico que apareció a principios de los años 80. Era la búsqueda de unos principios fundamentales, la marca de la unión de unos empresarios para derrocar a un hombre que se enemistó con toda una ciudad.

La publicidad se fue en masa hacia el Diario de Ceuta y allí empezó una nueva senda para trabajadores que provenían de la portada de El Faro de Ceuta, con toda la plana mayor: director, Tony de la Cruz, ayudado por un joven talento del periodismo Vicente Almenara, unos deportes con Vivancos de coordinador, unos fotocomponedores liderados por José Benedicto, una rotativa con Currito de gran jefe y con Paco Cosme de segundo.

Y otro colaborador que venía de la mano del diseñador del periódico nuevo Diario de Ceuta, que estaba su sede social en el Morro, Francisco Leria y Ortiz de Saracho, Antonio Fernández, que se hizo muy amigo mío.

Todos cuando tenían el privilegio de leer sus textos quedaban con la boca abierta por buena utilización de los verbos apropiados, y saber meter al público en su bolsillo.

Y en una conversación que mantuvimos en un bar en el Morro me dio un relato precioso, conocedor de mis preferencias sobre los temas de OVNIS y parapsicología, y que no voy a dejar de lado, y por su memoria, la de Antonio lo voy a regalar para los lectores.

"En la base de Rota, antes del fin de semana siempre se hacía una comida de hermandad entre todos los empleados del Acuartelamiento, que eran civiles y paisanos de los alrededores.

Aquel viernes le tocó a un buen amigo. El mismo cogió el coche de empresa y se desplazó hacia un almacén para traer las bebidas y comidas típicas de aquellos instantes de reunión.

Pero llegó la hora y este hombre no aparecía.

Nadie desconfiaba de la honradez de aquella persona y lo que pensaron era que le hubiera ocurrido algo grave.

Fueron a buscarlo y no lo encontraron.

Se dio incluso parte a las autoridades oportunas tanto por parte de policía, como de la empresa que gestionaba a los trabajadores civiles y jamás se supo de él, ni del vehículo.

Al cabo de siete años apareció por el pueblo nuestro amigo, que según decía no se acordaba de nada, de nada, incluso de sus mejores amigos.

Hubo muchos rumores sobre lo que le hubiera pasado, pero el único que pudo dar un poco de color a este misterio fue el médico del pueblo, que dijo a petit comité que: ‘Le había visto como una inyección y la señal de un botón en la espalda a la altura de las vértebras lumbares’.

Aquí todos quedaron con una gran interrogante ¿Qué pudo pasarle a nuestro amigo?”.

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