He estado desordenado un cierto tiempo y hasta que me he acostumbrado al nuevo ordenador que me regalaron por mi cumple, el cual no alcanzo a manejar todavía muy bien, no he podido enviar a este decano algunas torpes líneas sobre cosas de antaño, como solía hacer, para deleite de algunos amigos. Como socio que fui y directivo también (varias veces) del silenciado Centro de Hijos de Ceuta, no puedo evitar dejar de acordarme de una institución que tan relevante fue dentro de la sociedad ceutí. Con independencia de las exposiciones y actos culturales que solía organizar esta sociedad, disponía de una biblioteca bastante bien dotada y que dentro de los distintos relevos de la directiva siempre se nombraba a un directivo que se hiciese responsable de la misma. A la sazón, y coincidiendo con uno de mis cargos de tesorero, se nombró a Manuel Villanueva (muchos le recordaréis) como bibliotecario. Era Manolo una persona amena y simpática además de un artista del pirograbado y que, al hacerse cargo de la biblioteca, informó en la primera reunión que la demanda de libros por parte de los socios era relativamente escasa.
En la reunión siguiente de la directiva (solíamos hacerlo una vez al mes, salvo que hubiese algo urgente) pudimos observar que la solicitud de libros había experimentado un cierto incremento con respecto a meses anteriores. Al preguntarle el presidente a Manolo a qué se debía dicho aumento en la demanda de libros respondió, muy seriamente, que había hecho correr el rumor de que dentro de un libro había aparecido un billete de mil pesetas (de las de entonces). Jamás pudimos comprobar si esa fue la verdadera causa del incremento. Otra de las anécdotas que recuerdo de Manolo era cuando contaba aquello de por qué los niños ricos tenían el cuello largo y los niños pobres el cuello corto.
Como quiera que el Centro, para muchos de nosotros, era como nuestro segundo hogar, las tertulias y reuniones junto a la barra del bar solían tener lugar a diario. Cuando a esas reuniones llegaba alguien por primera vez, le pedíamos solapadamente a Manolo que contara una vez más aquello de los niños ricos y de los niños pobres. Él gustosamente accedía procurando situarse junto al recién llegado y rápidamente le preguntaba aquello del cuello largo y el cuello corto. Decía: ¿sabes por qué los niños ricos tienen el cuello largo y los niños pobres el cuello corto? “No”, respondía el novato. Entonces le explicaba que el niño rico le decía a sus madre, “estirando el cuello”, ¡Mamá! ¿me pones un bocadillo de jamón? “Sí, hijo mío”, enseguida. Por el contrario, el niño pobre le decía asimismo a su madre: “Mamá, ¿me pones un bocadillo de jamón?” A lo que rápidamente respondía la madre, propinándole un tortazo en la cabeza: ¡Calla niño y toma pan con aceite!”. Como narración estaba bien. pero el cachondo de Manolo lo escenificaba dándole un capón de verdad en la cabeza al novato recién incorporado. Normalmente se lo tomaban bien y en caso contrario, una buena copa de vino lo solucionaba todo.
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