La Luna y la mar se miran, y hay una sonrisa de complicidad, saben que van de la mano y cada una responde de una forma en nuestra querida vida.
Y los enamorados las miran, cuando se hacen carantoñas, esas caricias que aparecen sin pensar, unos gestos cariñosos y muy afectuosos, o unas palabras mimosas con una clara intención de conseguir los objetivos más primarios del mundo.
Dan las señales de una visualización del tiempo que resta para llegar a los días de pérdidas, donde los dolores, son el consuelo de ambos y la tranquilidad de aquel nuevo ciclo, donde no llegará la sorpresa que vendría de alguna capital europea.
Y la imaginación vuela, y la felicidad está allá en aquellos lugares donde se encuentran.
¡Son tan tiernos esos dos tortolitos!
Que nunca creerán en algo tan ridículo, tan irracional, como es un día donde no podrán estar juntos.
Y sigue volando la paloma blanca de la paz, signo de querer estar en un lugar idílico, modelo de la sinceridad y del bien vivir. ¡Somos tan iguales!
Y todos los miran, y llega la envidia, esa que corroen en las tripas de los marcados por las desgracias de la infelicidad, y las miradas de la inquisición merma aquellos que cogidos de la mano transitan por las vías de nuestra ciudad.
Y entre besos estudian las formas de encontrar ese empleo para intentar comenzar algo tan deseado, y con tantas trabas.
Pero aunque sean muy duras las horas donde no pueden estar juntos, cada segundo que están juntos, son una odisea de la felicidad, de las ganas del pleno estar y conseguir ese ave de la unión y del ser uno, cuando le dejan y pueden.
A pesar de tenerla tan cerca, muchas noches sueño con una separación y me hace quedar en una nostalgia tan grande, como es mi vida con ella.
Creo que son por las influencias del exterior, de la familia, gente que nos conocen, y parece que vuelven las nubes negras a girar sobre nuestras cabezas, esas que solo tienen tiempo para pensar en la otra y desobedecer todas las patrañas, todos los malos augurios de personas que saben lo que dicen, pero que al hablar, no saben comprenden que están molestando e intentan poner una pared de separación al futuro, tan incierto un tenemos en ese futuro, esa marcha hacia el lugar donde deberemos de llegar algún día
¡Quien sabe lo que nos tiene preparado ese día de mañana!
Y conversamos, nos sinceramos, y volvemos a besarnos, como si fuera un signo de interrogación, abierto por un ósculo, y cerrado por otro, casi con las últimas fuerzas de nuestro oxígeno compartido y sin temblores de no podernos levantar sin mirarnos a los ojos y sonreírnos.
¡Que bello es el amor!
Sinceramente no me importa lo que digan mientras estamos juntos, pero cuando estamos cada uno en otro lugar, otro espacio diferente, es cuando los miedos vuelven, se huele a un miedo aterrador, de perder a nuestro amor, y es cuando comprendo cuánto la quiero.
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