Hace unas tres semanas cumplí 83 años, que no son pocos, pero tampoco demasiados, sobre todo, si se tiene en cuenta que en 2024 teníamos en España 16.902 personas centenarias; a cuya avanzada edad, por su puesto, que yo no aspiro, aunque tampoco rehusaría, en el supuesto muy improbable de que la Divina Providencia así me lo otorgara; pues, la verdad es que ninguna prisa tengo en ser “llamado a capítulo” para irme al otro mundo, o a la que algunos llaman “mejor vida”, aunque yo creo que bajo tierra ningún resquicio de vida hay.
Lo que sí entiendo, y por ello me resigno, es que todos los seres dela tierra estamos obligados a pasar por el mismo trance de tener que acudir a la maléfica llamada de ese presunto “juicio final” del que tanto se nos habla; pero eso es ley natural que a todos nos tiene que ir tocando acudir cuando el máximo Hacedor quiera convocarnos. Mientras tanto, a la sagrada Divinidad estoy muy agradecido por haberme permitido disfrutar hasta ahora del privilegio de seguir viviendo con razonable buena salud y en perfecta lucidez, cuando otros ya tuvieron peor suerte y encontraron el destino eterno que a todos los demás nos sigue esperando. Ahora bien, tampoco ello me preocupa ni me traumatiza, e igualmente pido a mis familiares queridos, amigos y conocidos, porque todos pasamos por ese ciclo humano vital en que los seres nacen, crecen, se multiplican y mueren.
Y, tras los 83 lustrosos años que llevo rodando y dando tumbos por el mundo, de ellos, 25 contando “batallitas” aquí en El Faro de Ceuta, como nos gusta presumir a casi todos los que tenemos ya demasiada edad, yo creo que va siendo ya hora de que cuente a mis posibles lectores (si es que tengo alguno), los que hasta hoy han sido algunos rasgos de mi vida.
Nací de familia muy modesta, como también yo lo soy. Y eso me ocurrió, anecdóticamente, en Mérida, el 25-01-1942, a los 9 meses y 16 días de que mis padres contrajeran matrimonio, quienes bastantes años después me contaron que lo hice, “con un pan bajo el brazo”, por haber nacido varón, porque entonces se decía que tendría más posibilidades para ganarme la vida por cuenta ajena o por cuenta propia. Apenas importa el género de las personas, todas somos iguales ante la ley (artículo 2 y 14 de nuestra Constitución).
Mis padres me explicaron cuando tuve uso de razón que nací a las diez de la mañana. Fui su hijo primogénito, primer fruto de su matrimonio por Dios bendecido. Me bauticé en la pila bautismal de la Iglesia de Mirandilla, cuyo suntuoso templo, visto tanto por fuera como por dentro, es esplendoroso y monumental, de estilo gótico, como acredita su grandioso arco de forma ojival que precede al altar mayor, dándole a la iglesia gran realce y vistosidad. Les aseguro que pocos templos como el de Mirandilla existen en toda la comarca de Mérida. Fue construido desde 1499 a 1506 hasta el campanario. Luego, en el siglo XVIII sería edificada la torre de la iglesia.
Nací en Mérida; de lo que me siento muy honrado y satisfecho, que dista sólo 12 kilómetros de al sur de Mirandilla, que por eso siempre digo que este último es en realidad mi querido pueblo, cuya propiedad sobre el mismo me la arrogo y comparto en colectividad con todos y cada uno de mis 1.246 paisanos con los que allí cuento. Ya sabemos por el viejo refrán que, “no se es de donde se nace, sino de donde se pace”.
Indiscutiblemente, Mérida, como ciudad histórica, artística y monumental que es, tiene mucha más importancia que mi pueblo, cuyo Padrón Municipal emeritense registra 59.857 habitantes. Tiene repartidas por tres continentes las homónimamente llamadas: “Mérida del mundo”: América, Asia y Europa. En América nos encontramos la Mérida de Venezuela y la Mérida de Yucatán (México), en Asia, podemos ir a la Mérida de Filipinas y en Europa la Mérida de todas las Mérida: Extremadura.
La Mérida, de origen antiguo, capital de la antigua Lusitania, también capital de la vieja Hispania visigoda; igualmente capital de toda Hispania cuando la misma estuvo tanto en la ciudad emeritense como en Toledo, capital de la sede episcopal de la Orden de Santiago, Patrón de España, después trasladado el Santo ilegítimamente desde Mérida a Galicia; y Mérida, la antigua Emérita Augusta, también hoy declarada Ciudad -Patrimonio de la Humanidad- fue fundada y dada por Roma a los romanos como premio a sus bravos guerreros, tras haber luchado victoriosamente contra los cántabros y los astures.
En la época anterior, hubo en el territorio luso-extremeño un legendario guerrero, Viriato, héroe indígena que luchó bravamente contra los romanos, hasta el punto de haber arrojado de casi todo el territorio peninsular a dichos invasores romanos, y al que sólo fueron capaces de vencer estos últimos tras haber sido Viriato traicionado y vendido por tres de sus lugartenientes: Audas, Ditalco y Minuros, que no pertenecían a la vieja Lusitania (actual Extremadura), sino que eran mercenarios que habían sido especialmente contratados y pagados para llevar a cabo aquella sucia operación, y que sus verdaderos orígenes o lugar de nacimiento fue la ciudad de Urxo (actual Osuna).
Ante tal traición perpetrada contra Viriato, por parte de aquellos pagados a sueldo, los romanos no pudieron dar mejor respuesta lapidaria a quienes luego fueron a cobrar el dinero por haber sido los asesinos que le traicionaron, respondiéndoles los romanos: “Roma no premia a traidores”. Viriato nunca se sometió a los romanos, dejando así a salvo la dignidad regional hispano-lusitana y también la dignidad nacional de toda la antigua Hispania.
Y Mérida – qué duda cabe - tanto por su mayor superficie como también por la elevada densidad de población, por su portentosa historia, pues aquella célebre Emérita Augusta Romana, ciudad fundada el año 25 a. C., por el emperador romano Octavio César Augusto, fue ideada para ser lugar de relax, solaz descanso y esparcimiento con que acoger a los valientes soldados romanos que en el norte de España vencieron a los cántabros y a los vascones. Fueron veteranos de las legiones V Alaudae y X Gemina. Mérida fue llamada la Segunda Roma, porque fue construida a imagen y semejanza de la Roma de Italia, que también fue capital de la antigua Lusitania, capital de los visigodos, dos veces capital de España, en Mérida y en Toledo.
Décimo Magno Ausonio (h. 310-393 d.C.), que fue el más notable poeta latino de la segunda mitad del siglo IV, considerado último Renacimiento de la literatura antigua, tras el yermo cultural que acompaña la crisis del siglo III y antes de la desintegración del Imperio de Occidente en la centuria posterior. Y el mismo Ausonio dijo de Mérida que “estaba entre las más notables ciudades del mundo y que, fueron tan grandes sus excelencias y grandezas que estaba entre las ciudades más famosas del mundo”; y, añadió, que “que a ella no se podían igualar Córdoba, Tarragona, ni Braga”, que entonces eran las más grandes ciudades del imperio romano, y que, “toda España debía a Mérida reconocimiento y le rendía sumisión y grandeza”.
Hay un soneto dedicado a Mérida, del licenciado Lorenzo Macías, quien fue cura de Mirandilla, que reza así: “De tu patria feliz principios tales/ emulación del uno y otro polo/ de la divina Eulalia el mausoleo/ coronado de luces celestiales/ la memoria de héroes principales/ a partir del olvido, puede solo/ tu ingenuo y pluma hacerlos inmortales/ celebra pues el mundo su grandeza/ y va Mérida Augusta, que apercibe/ corona de laurel a tu cabeza/ conozca que en la gloria que recibe/ para comparación de tu nobleza/ Eulalia dicta, si tu pluma escribe/”.
Por todo ello, no cabe duda de que, habiendo yo nacido en tan histórica y gran ciudad como fue y sigue siendo Mérida, pues claro que necesariamente me honro y me regocijo mucho de haber tenido la suerte de haber sido natal de tan hermosa ciudad. Sin embargo, para mí, personalmente, me resulta ser mucho más importante y también más querida Mirandilla, hasta el punto extremo de que cada vez que a ella regreso y asomo por la carretera desde lo alto del Cerro, pues de verdad que me emociono, porque siento, cuando la veo recostada en el precioso valle sobre el que descansa, plácida y sosegada, como si hubiera sido creada a propósito y capricho de la naturaleza; hasta el punto, de que, nada verla extendida por todo el extenso valle en el que abajo se asienta, viéndola al frente coronada por la preciosa sierra de Mirandilla, pues de veras siento como si se me estremeciera el corazón y se me ensanchara mi alma.
Pero, a pesar de haber nacido en Mérida y de quererla tanto, tengo sinceramente que decir que muchísimo más quiero a Mirandilla, distante 12 kilómetros de la anterior, que la que tengo por mi pueblo, cuya propiedad me la arrogo y comparto con el resto de mis queridos paisanos. Y digo que para mí es mucho más importante mi pueblo que Mérida, dado que, a los pocos días de nacer, mis padres me llevaron a ella, y en ella misma permanecí luego en mi niñez y en mi adolescencia hasta la edad de 16 años, que emigré a Ceuta, donde luego viví hasta 27 años en las tres veces que voluntariamente quise ir a ella destinado. En realidad, yo estaba destinado a nacer en Mirandilla, al igual que lo hicieron después mis tres hermanos: Eusebio, Manola y Emiliano. pero como hijo primogénito que soy, mis padres me llevaron a Mérida, en prevención de que allí a mi madre le iría mejor tenerme, por si mi venida al mundo se presentara complicada y nos tenían que ingresarnos a los dos en un hospital de dicha ciudad, que, luego, todo salió estupendamente y no fue necesario.
Tras haber permanecido los tres primeros días de mi neófita vida en Mérida, ello obligaba a mi familia a inscribirme y registrarme en el Registro Civil emeritense, habiéndolo hecho mi abuelo materno, Julián Caballero Pulido, que, junto con mi abuela, Isabel Higuero Torremocha, fueron mis padrinos de pila bautismal, actuando como testigos D. Pedro Díaz Laina y un tío suyo, D. Manuel Díaz González; ambos director y gestor de la fábrica “Hilaturas Mérida”, que los mismos regentaban.
Pero, concretamente para mí, muy por encima de todo eso que fue y continúa siendo históricamente Mérida, para mi, digo, es muchísimo más importante mi querido pueblo, que es Mirandilla, donde mi padre y todos sus antecesores de la misma estirpe que llevaron y seguimos llevando el apellido Guerra tenemos clavadas nuestras raíces más profundas. Por parte de mi madre, ella y todos sus antecesores, proceden de Montánchez (Cáceres); por lo que tengo muy a gala presumir y enorgullecerme de tener una procedencia lo más genuinamente extremeña, ya que por parte de mi padre mis genes son originarios de la provincia de Badajoz, mientras que los de mi madre proceden de la provincia de Cáceres; por consiguiente, reúno en mis apellidos la máxima condición de ser “extremeño” por los cuatro costados y de la cabeza hasta los pies, porque mis raíces gozan de mi doble condición “extremeña”. Creo que en mí no puede así tener mayor legitimidad Extremadura.
El motivo de que al final naciera en Mérida y no en Mirandilla, como en principio estaba previsto, se debió a que, unos años antes de mi nacimiento, había estallado la Guerra Civil 1936-1939. Debido a tal belicosidad, Mérida fue bombardeada diariamente durante más de tres meses para desalojar de la ciudad a las tropas que la ocupaban del bando contrario. Y, en cuanto daban comienzo los bombardeos, toda la población civil salía corriendo despavorida en busca de refugio, en sus afueras, en los campos y pueblos limítrofes, con tal de ponerse a salvo de tan horrible contienda. Entre los que buscaban refugio, un día llegó al cortijo de la dehesa los Arenales, que linda con Mirandilla, una familia de Mérida formada por el matrimonio, Pedro Díaz Laina y su esposa, Dª María Pacheco, que llevaban en brazos dos hijos pequeños, Pedro y Pepe Díaz Pacheco, más un hermano del esposo, Manuel Díaz González. Llamaron a la puerta del cortijo, y fueron recibidos por mis abuelos, Julián, que era guarda jurado de la finca y lo habitaban, junto con mi abuela Isabele Isabel y siete hijos que tenían (mi madre y mis tíos).
Los de Mérida, como antes refiero, propietarios de la empresa “Hilaturas Mérida”, ubicada en el centro de la ciudad, familia arraigada y de bastantes posibles económicos, que tenían la fábrica en el sub sótano, y en la primera planta la vivienda familiar, aunque también tenían una segunda vivienda privada la calle Rambla, que era, y sigue siendo, transversal a la iglesia de Santa María, llamada Travesía de Santa Eulalia, nº 38, que precisamente luego sería en la que yo nací. Y es que, aquella familia que llegaron a la dehesa de los Arenales en busca de refugio, fue acogida toda por mis abuelos, guardas de dicha finca, a los que estuvieron manteniendo durante tres meses sin quererles cobrar absolutamente nada, a pesar de que mis abuelos tenían siete hijos y con los de Mérida se juntaban hasta doce a la mesa. Eso hizo nacer entre ambas familias una amistad casi familiar; de manera que cuando en 1942 llegó el momento de tener que darme a luz a mí mi madre, ellos no permitieron que lo hiciera en el pueblo, de manera que aquellos “acogidos”, terminaron luego en convertirse en acogedores, y la gran amistad duró ya mientras ambas familias vivieron (Continuará próximo lunes).
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