Les conocí nada más llegar a Ceuta. Para mí no fueron números. Ellos, como todos los que llegan a nuestra ciudad, tienen sus historias. Y Alfa y Suleiman las tenían. Fascinantes, de gente luchadora, de personas increíbles. Al primero le conocí cuando acudía con Reduan y Úrsula al Desnarigado. Nos habían informado de la llegada de una patera y cuando alcanzamos la playa nos topamos con un grupo de hombres que bajaban el camino de Ronda tras ser interceptados por la Guardia Civil. Uno de esos jóvenes llevaba a otro sobre sus hombros. Después otro compañero le ayudaba, todos estaban pendientes de ese chico con cara de niño. A los minutos, mis compañeros y yo nos dimos cuenta de por qué: le faltaba parte de una pierna, no podía valerse por sí mismo, necesitaba de personas solidarias, y éstas las encontró en la patera. Nadie le dejó en el camino, todos le ayudaron, le protegieron, le dieron su apoyo a cambio de nada porque Alfa nada tenía, ni siquiera una muleta.
En el CETI le entregaron una. Para él fue el mayor regalo recibido. Ayer marchaba emocionado a la península, dejando atrás un camino de penurias, de dramas, de mala y buena suerte hasta llegar a Ceuta. Alfa se fue después de dar muchos abrazos, después de regalar sonrisas, después de llevarse decenas de fotografías.
Suleiman también siguió el mismo camino, llevándose además varias cicatrices en sus manos. Ésas que le dejaron las concertinas después de haber permanecido casi un día sobre la alambrada. A Suleiman le descubrimos Quino y yo una tarde de mucha calor. Subido a la valla, encaramado, desde la lejanía, nos saludaba y nosotros le devolvíamos el saludo hasta que la luz se fue apagando y Suleiman ya no pudo más. Sus manos ensangrentadas hicieron que se le trasladara urgentemente al Hospital, después permaneció casi un día durmiendo en el CETI, había agotado casi todas sus fuerzas. Pero Suleiman aguantó porque tenía que hacerlo, porque necesitaba cruzar para tener un futuro. Y desde ese junio Suleiman no paró de sonreir, de intentar aprender, de agradecer a todo aquel que había hecho algo por su vida.
Ellos son parte de esos números que forman las frías estadísticas para quien no se interesa por saber algo más. Personas capaces de darnos un ejemplo, porque son luchadores, porque han dejado atrás un camino preñado de amargura y porque han sabido agradecer todo lo que han recibido, aunque solo fuera una sonrisa o un paseo en coche ante la dificultad de andar.
Alfa, Suleiman y otros tantos son algo más que números. Hagan el esfuerzo, si quieren, de conocerlos. Es una opción.
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