Categorías: Opinión

Alaya

De mirada cristalina y caminar suave, la juez Mercedes Alaya se ha constituido en una de las escasas buenas noticias que este país deprimido, corrupto, soez e inculto ha cosechado en los últimos tiempos. Trabajadora incansable, dueña de una cabeza privilegiada, emprendedora, valiente, honesta y silenciosa (ella, que no su labor) como la belleza de los gatos, la juez que instruye el caso de los ERE fraudulentos de la Junta de Andalucía,  se ha erigido en un oasis en mitad del desierto.
Del desierto andaluz, donde, tomando el mundo por montera a base de leyes, de tirar del hilo, de remover mar y tierra, de perseguir al ladrón y odiar el delito, ha abierto si acaso la única ventana por la que sopla aire fresco en décadas, tantas como lleva el Partido Socialista al frente de su cortijo. El mérito de Alaya, a ojos vista del ciudadano honesto, es haber conseguido que lo imposible parezca ahora factible, que éste crea que aún hay esperanza para conocer los nombres y apellidos y cargos de todos aquellos numerosos políticos que han desmantelado a toda una riquísima región hasta convertirla en lo que hoy es: cuna de ratas, tierra de parados, enclave de escolares fracasados, paraíso de chorizos, sueño inconquistable y doloroso para cientos de buenos andaluces, bendita minoría, que también la hay. Con el aval del voto del pueblo, legislatura tras legislatura como si de una dictadura imperfecta se tratara, que diría Vargas Llosa en referencia al México del PRI, los políticos que hoy miran con el rabillo del ojo a la juez (“¿Me descubrirá?”) están más cerca de ser descubiertos y enviados al hábitat natural de quien saquea la casa hasta dejarla en ruinas: la cárcel.
La tarea es titánica, puesto que la red tejida, zurcida con estudiada parsimonia y con suma maldad durante años, alcanza a todos los sectores y a infinitas esquinas de la geografía del Sur hasta tal punto que la juez no se enfrenta en realidad a castigar, por ejemplo, al ex director general de la Junta de Andalucía, Francisco Javier Guerrero, y a su séquito o a sus superiores o a las cabezas pensantes y brazos ejecutores de Mercasevilla, sino que su órdago se dirige a derrocar a todo un sistema desde el axioma de que la corrupción generalizada de personas desemboca en la infección  del propio régimen, y prueba de ello y de que el rumbo de la juez es el correcto es que no pocos socialistas, comunistas, sindicalistas y faranduleros (hay quien está imputado por consumo masivo de cocaína pagada con fondos públicos) han puesto ya el grito en el cielo contra Alaya, el Ángel Justiciero visto como el mismísimo Demonio.

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