Esa es la distancia que separa Melilla de Argelia. Unos escasos 50 kilómetros de quien otrora fuera un firme y fiel aliado de España que ahora se enfrenta en guerra abierta a varias facciones de corte terrorista, tres de ellas vinculadas directamente con el mal en la Tierra, llamado ISIS.
Y no es que me despreocupe de lo que se está cociendo en nuestro patio trasero, es que lo realmente preocupante se está madurando dentro de nuestras propias fronteras.
La paz en el mundo es el bien más codiciado por todos los países, pero para que exista la paz debe dejar de existir la agresión y este renovado Lucifer ya ha dado claras muestras de que no está dispuesto a vivir en paz ni con él mismo.
Acabar con el ISIS y todas sus ramificaciones del mal debe ser una prioridad absoluta de todos los países.Lo primero que debemos tener claro para conseguir la paz es identificar quienes son los enemigos de ella, y el ISIS se ha mostrado como tal. La ONU debe dejar de usar la doble moral e intervenir definitivamente para erradicar esta y otras formas de indignidad que amenazan la vida humana en libertad. No hay posibilidad de diálogo con el mal si no es para ser engañados. No existe entendimiento cuando unos utilizan la palabra y otros el degüello sistemático. Incluso infligir una guerra abierta es una medida nimia porque, como ya apuntara Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, hasta en la execrable y atroz muerte por violencia hay diferencias; no es lo mismo un asesinato que la muerte en el combate.
El combate no empieza en Siria o Irak. Lamentablemente comienza en nuestro alrededor, en la educación de nuestros hijos, en el concepto que tenemos de las Fuerzas Armadas y su servicio, en un Código Penal que siempre está trasnochado, en una Policía extenuada, en una judicatura sobresaturada, y en una colaboración ciudadana que solo toma conciencia cuando ya es demasiado tarde.
Da igual si son 50 o 5.000 los kilómetros que nos separan de la más feroz batalla contra el mal si incubamos y cobijamos, no solo a asesinos, sino a todo un sistema de lavado de cerebro, captación e incorporación en la red de violentos majaderos por el mundo. Ni el envío de tropas, ni la acción conjunta judicial y policial; nada de eso será suficiente si no impedimos que exista cierta connivencia social con estos movimientos.
Pero estamos tan atemorizados con salirnos de lo políticamente correcto que el mero hecho de hablar de cierta connivencia social con esta sinrazón, marginal pero existente, constituye una afrenta, cuando debería suponer un momento de reflexión, una focalización sobre los orígenes de una desgracia que afecta a no pocas familias ceutíes.
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