La comparecencia, ayer, del concejal Ramos para explicar por qué mantuvo la terraza de su pub abierta cuando no tenía licencia para ello puede pasar a los anales de la historia política reciente como un auténtico esperpento. El pido perdón fue la excusa elegida para justificar que durante meses, sin poder hacerlo, se mantuviera dicha terraza. El pido perdón es, a ojos del presidente Juan Vivas, suficiente como para dar por zanjado el ‘caso terraza’. Está claro que la clase política es la que decide cuándo el perdón sobra o cuándo basta, cuándo las dimisiones deben producirse y cuándo pesan otros condicionantes. En este caso a Vivas le ha servido el perdón de un concejal de equipo que no respetó las ordenanzas; tiempo atrás no le sirvió el de otros compañeros de partido y de Gobierno que tuvieron que dimitir por erráticas apreciaciones verbales desafortunadas o por acusaciones que nunca quedaron claras. El perdón debe medirse también por grados y aquí ha sido más que suficiente una presentación ante la prensa de una postura pretendidamente angelical que no fue más que el burdo ejemplo del ‘yo hago lo que me plazca’, eso sí, hasta que la realidad me obliga a chapar la terraza. Por cierto, algo que se ha producido más por presiones políticas externas que por otro motivo.
Esperaba algo más de un asunto grave que parece no ha sido entendido como tal. O, sí que lo ha sido, pero ha pesado una realidad de 13 más que una decisión digna de ejemplo.
“Cuando una persona pide perdón merece el máximo respeto y el consejero es una persona noble y humilde”, expuso el presidente, cual cura de los domingos que te lee un sermón con el que debes estar de acuerdo sí o sí, bajo amenaza divina a todos los niveles. Que el concejal Ramos sea noble y humilde le deberá importar a su entorno familiar, de amistad y político, pero no es una justificación para motivar que se haya movido durante meses en un ámbito que, sabía, era irregular. Vivas se equivoca de forma pretendida, sabe que el sapo no ha terminado de ser tragado, por eso su cara era un poema al tener que defender lo que no tiene defensa. A Vivas, ya saben, le vale con que se pida perdón. Solo eso. Porque como se rodeó de chicos y chicas buenos y humildes, aquí vale el corazón. “Al final la ley es igual para todos”, sentencia. No, no lo es. Si lo fuera, a todos nos serviría eso de pedir perdón cuando la administración local activa su maquinaria y se nos echa encima por menos que una irregularidad como ésta.





