En nada se cumple un año de lo que comenzó como una entrada rutinaria de personas por los espigones y terminó constituyendo una gran crisis entre dos países. De aquellos momentos lo que muchos recordamos es la angustia de no saber cuándo se podría poner el punto y final a las cientos y cientos de personas que cruzaban mientras otras tantas se aproximaban a las dos vías fronterizas con el mismo interés. Mirabas más allá de la frontera y se veían grupos y grupos de hombres, mujeres y niños emprendiendo camino a Ceuta con la creencia de que las puertas se habían abierto. La madrugada del 16 al 17 de mayo comenzó a escribirse lo que después terminaría por erigirse en la puntilla de una crisis hispanomarroquí sin igual. Una crisis muy mal gestionada por el Ministerio del Interior debido a su absoluta falta de transparencia y claridad. Por ejemplo hoy todavía no sabemos cuántas personas entraron ni detalles en torno a muchos de los episodios acontecidos sobre los que se pidió información pero no se obtuvo.
El rey marroquí hizo lo que nunca se le perdonó y lo que le perseguirá para siempre por el ejemplo que fue capaz de dar con los más indefensos, con los que deben ser protegidos: los menores. A ellos se les engañó y se les instó a cruzar a nado y a la carrera los espigones. Con ellos se jugó hasta dejar a niños solos merodeando por las calles, llorando, sin saber a ciencia cierta a qué habían pasado. Impagable fue la labor de muchas personas que, de forma anónima, les ayudaron. O aquellos que empezaron a hacer funciones de enlace entre uno y otro país comunicando a los padres que sus hijos estaban en Ceuta y habían cruzado sanos. Aquello fue la presión más bajuna de la que se puede hacer gala. Usar niños para crear desestabilización motivo una condena unánime y ejemplar de todas las instituciones.
Hoy se recuerda lo que pasó y que se pueda hacer es bueno porque significa que prácticamente volvimos a la normalidad, dejando a un lado los más de 500 asentamientos que transformaron Ceuta, el cierre de las naves y el retorno de los miles y miles de marroquíes que terminaron quedándose aquí.
Que hoy y durante estos días se vaya a hablar de la crisis de mayo como un recuerdo es importante y debería provocar un análisis, una reflexión sobre lo que todos, cada uno con su rol, hemos podido hacer para que todo eso se etiquete como un pasado y no como algo permanente que hubiera sido gravísimo para Ceuta y su futuro.







Y los que se fueron a la península pidiendo protección internacional.