Cuando Omar divisó las piedras que rodean la playa de Calamocarro, pensaba que ya había alcanzado su destino, que no era otro que tierras galas.
El patrón de la embarcación que se comprometió a llevarlo a Francia a cambio del pago de 7.000 dinares (algo más de cuatro mil euros) le engañó, siguiendo el mismo ritual emprendido por las mafias que encuentran en el tráfico de personas un lucrativo negocio. Rondaban las seis de la madrugada cuando Omar y otro compañero se decidían a abandonar su condición de espaldas mojadas para gozar de cierto margen de libertad. Comenzaban a aflorar los sueños, las esperanzas y proyectos hasta que ante ellos apareció una patrulla de “hombres vestidos de azul”.
Era la Policía Nacional, que se acababa de topar con los primeros inmigrantes libios que han conseguido llegar a Ceuta tras la guerra abierta contra el régimen de Gadafi. Su paso por los calabozos de la Jefatura Superior, por los expedientes de Extranjería y, al final, por el CETI, les hizo saber que habían sido víctimas de una mentira. Ahora esperan mezclados con la ristra de sin papeles, en su amplia mayoría subsaharianos, que buscan una salida a su situación. En el caso de Omar esa salida la tiene clara: “Quiero pedir asilo político”, comenta, mientras recorre, junto a ‘El Faro’, la misma playa en la que fue abandonado.
La historia de Omar cobra relevancia en un momento de flujo continuo de noticias que llegan desde su tierra. De los familiares que dejó en Libia sabe bien poco. Las conexiones son inviables. En Misrata, su ciudad, nada le queda. Ni siquiera el restaurante de su padre, en el que colaboraba, que encontró completamente destrozado después de un viaje a Trípoli para visitar a su hermano. Desde la fecha del asalto nada sabe de sus progenitores. ¿Vivos, muertos? Esa es la incógnita que ha arrastrado en todo este periplo clandestino y es también la incógnita a la que ahora se enfrentan cientos de libios, en un país sumido en el caos.
“Cuando volví de Trípoli el negocio de la familia estaba en ruinas, habían destrozado todo”, recuerda. A sus 21 años la guerra le ha arrebatado su modus vivendi, el cariño de los suyos y hasta sus orígenes. Ahora quiere empezar de nuevo, sabedor de que ha perdido ese concepto al que tanto alude la clase política: el arraigo.
Con la dentellada de la guerra marcada, escapó de Misrata colándose con su otro compañero libio (que también está acogido en el CETI) en un barco rumbo a Italia. Calcula que estuvo oculto entre dos o tres días. “Estábamos todo el tiempo escondidos”, dice. Para escapar de Libia no tuvo que desembolsar dinero alguno. Unos italianos “permitieron que nos fuéramos con ellos”. Omar sabe que antes de él han sido muchos los libios que han escapado, igual que lo han hecho inmigrantes, llegando con grandes barcazas a puntos como Lampedusa. Él sabe que llegó a un puerto italiano en donde le ofrecieron la posibilidad de marchar a Francia. Poniendo 7.000 dinares como pago, él y su compañero ocuparon una embarcación en la que viajaban otras cuatro personas más, miembros de la red que se dedicaba a facilitar la travesía agenciada. “En el camino llenaron en varias ocasiones el combustible, cuando llegamos a este punto”, indica señalando una de las rocas de Calamocarro, “nos dijeron que habíamos llegado a Francia”.
En el CETI espera. No le queda otra. Deja atrás sentimientos basados en el temor. “En Libia está todo destrozado, allí vivimos atemorizados. De día no podía salir a la calle porque hay mucho miedo”, añade. ¿Miedo a quién? A los dos bandos. Libia es un terreno sin ley en donde las tropas fieles al fugado Gadafi combaten ayudados de mercenarios hindúes y de Bangladesh. “Matan a todos, no distinguen. En Misrata por la mañana vienen con miembros del ejército libio, por la noche llegan solos”. ¿Y la comida? Conseguirla es un imposible. “No hay, sólo se puede comprar en el mercado negro. La gente escapa, huye, pero no puede esconderse en los edificios públicos porque están derrumbados. Allí ya no se puede encontrar refugio”. Desde su llegada a Ceuta, Omar nada sabe de su familia. Ni de los vivos (su hermano continúa en Trípoli) ni de los que, siquiera, sabe si lo están (como es el caso de sus padres). Desde que está aquí no sigue las noticias, dice que “no aguanto ver esto”.
“No pienso en volver a Libia”
¿Hay futuro en el país?, ¿cabe una mejora en Libia tras la caída del régimen soportado por Gadafi? Esas son las dudas que tiene Omar y que tiene, también, toda la comunidad internacional. Hoy por hoy es difícil saber el futuro que le espera a un país marcado por las convulsiones políticas y controlado, en parte, por mercenarios a sueldo. Omar lo tiene claro: “No pienso en volver a Libia”. Dice que “ha habido mucha represión” que “no hay libertad”, pero también confiesa que es optimista porque, considera, puede haber un futuro. De momento el suyo se esconde en el centro del Jaral.





