Dirigidos por el comandante Quintero, jefe accidental del Batallón de Zapadores, encuadrado en el Regimiento de Ingenieros, una veintena de militares –de los que cuatro eran del equipo de reconocimiento y cinco del equipo de fuerza– se afanaban por terminar de sanear un zona “afectada desde hace meses a causa de las inclemencias metereológicas”, explicaba el comandante Quintero.
¿Era la actuación de ayer al mediodía una más, idéntica a las de las últimas semanas? “Siempre tenemos un compromiso en hacer bien nuestra labor y servir con honor a España”, aseguraba Quintero, “pero hoy supervisa la labor el comandante general”.
En efecto, al término de las palabras, el coche en el que viajaba el alto rango hizo su entrada al campo de tiro; de inmediato, se bajó el comandante general Ramón Martín-Ambrosio, que siguió con atención las explicaciones que le transmitía el coronel Rodríguez Manjón acerca de los planes pensados para la zona: “Vamos a corregir la pendiente, poner una capa ‘Z-1’, rehabilitar la base, rehacer las cunetas y entrenar en un período de quince días, en mejores condiciones que antes de las lluvias”.
La causa del mal estado del campo de tiro se debe, según explican fuentes militares, debido a las numerosas lluvias de los dos pasados años, vividas en nuestra ciudad, lo que se tradujo en un corrimiento de tierras visibles en una de las laderas de susodicho Campo de Tiro de Ingenieros, situado en las inmediaciones del Regimiento de Ingenieros ‘Número 7’.
El campo de tiro quedó inmediatamente cerrado para la realización de las prácticas habituales, y fue necesario aguardar a la llegada del verano para poder comenzar con los trabajos necesarios para su rehabilitación, por parte de los componentes del propio regimiento, para la que se emplearon diversas máquinas de las que dispone esta unidad en aras de retirar el importante volumen de tierras desprendido y saneando los restos sueltos que aún se sostenían superficialmente.
Dichos trabajos se iban realizando con total normalidad y se encontraban próximos a su finalización, hasta que un día se observó una piedra de grandes dimensiones que todavía se sostenía a media ladera, a una distancia superior a veinte metros del suelo: “La piedra no se encontraba firmemente sujeta a la ladera –prácticamente una pared vertical–, por lo que resultaría un peligro evidente si se dejara a su disposición”, explicaba el comandante Quintero al comandante general.
A una cota tan elevada, las máquinas disponibles no llegaban con sus implementos, “por lo que estaba claro que teníamos que removerla mediante trabajo manual, asi que fieles a la característica principal del Arma de Ingenieros, y empleando el material y personal disponible, tenemos que actuar con ingenio para derribar la piedra”, aseguraba el comandante mientras en la ladera se avistaba cómo el material de cuerdas y de descenso del que dispone el Regimiento sujetaba a un militar que literalmente parecía andar por plena pendiente.
“Ésta técnica se llama ‘ráppel”, proseguía el militar, “y permite que desde un punto situado a unos quince metros por encima de la piedra, el soldado, que se encuentra asegurado por otros compañeros desde arriba, realice una pequeña zanja alrededor de la piedra para posteriormente pasar un cable de acero que rodee a la misma”.
Cuando el militar de la pendiente se encontraba en éste punto, desde el suelo, otros componentes del Regimiento, de la sección de abastecimiento, se encargaban de tirar de la piedra mediante un equipo de fuerza, denominado ‘tractel’, por el que tras un trabajo meditado y admirable en cuanto a la seguridad –además del equipo de cuerdas, todos los soldados iban bien equipados con cascos típicos de la construcción– se conseguió arrastrar la piedra hasta llegar al suelo, provocando que la lluvia, aunque en este caso de piedras pequeñas, regresara al campo de tiro.
Acercándose hasta el lugar en que la piedra yacía, el comandante general fue felicitando a cada uno de los componentes del regimiento, que hicieron un alto en el siguiente paso: cargar la piedra en un camión volquete, que la transportaría y depositaría en un sitio determinado, que no entrañaría peligro alguno ni supondría ninguna amenaza para el día, cercano, en que la práctica de tiro regrese a esta ladera del Jaral.










