Una batería de disparos al aire, un ruido de pisadas, feroces como el trote de caballos, una retahíla de ‘quejíos’ humanos, todo ello en una mañana que amaneció en el poblado K-8, a la altura de Benzú, con ese (casi) inconfundible, por trágico y descorazonador, aroma que guardan las luchas armadas, los conflictos bélicos, las cruentas guerras.
Falsa alarma, nada era lo que parecía aunque en realidad parecía lo que era, porque el pelotón que conforma la Cuarta Bandera Legionaria ‘Cristo de Lepanto’ –IV BLEG– , guiada con temple y sabiduría por el capitán Ortega, jefe de la Primera Compañía, desempeñaba su trabajo con tanta precisión que, en efecto, en lugar de parecer un entrenamiento militar, parecía un pedazo de guerra que estuviera estallando en el inmediato directo de la vida misma.
De ahí la duda, comprensible y repentina, que le surge al testigo directo: ¿Serán los árboles, los pajarillos, la brisa marina un mero atrezo, una verdad de cartón y piedras? ¿Serán los soldados actores de la nueva generación del celuloide español?
“Estos ejercicios, que realizamos una vez por semana, son algo así como pequeñas evaluaciones que hacemos a nivel interno para conocer con exactitud el momento físico y también de concentración en el que se encuentra cada uno de nosotros y en cada instante”, indica el capitán Ortega, mientras, con la mirada no deja de seguir las evoluciones de sus muchachos.
Los ejercicios a los que se refiere el capitán, se encuentran en la actividad denominada ‘Ejercicio de la primera compañía de combate en zona urbanizada’, para cuya comprensión es imprescindible activar en la mente, otra vez, el dispositivo mediante el cual estamos capacitados para entender –y por ende hacer una valoración crítica– los asuntos cinematográficos, porque ¿acaso no guarda el motivo del ejercicio evidentes semejanzas con el guión, la sinopsis y la propia película en si misma?
“Intentamos hacer una representación fiel a lo que nos podemos encontrar en Afganistán, en Líbano o en otras zonas de guerra”, dice el capitán Ortega, “para llegado el momento actuar con garantías suficientes para defender a nuestra patria”.
Entonces no sólo es comprensible sino también admirable “el ejercicio inventado por el teniente Moreno y cuya dirección y puesta en escena corre a mi cargo”, indica el capitán, antes de explicar los pasos de la actividad: “La inteligencia de la IV BLEG localiza en el poblado K-8 un posible almacén de armamento perteneciente a las milicias enemigas en el que se estima que hay armamento ligero y material para la fabricación de artefecatos explosivos improvisados que puede ser empleado contra nuestra fuerza; el segundo pelotón de la tercera Sección recibe la orden de reconocer el poblado K-8 y desmantelar dicho almacén; inteligencia estima que existe en el poblado un enemigo de entidad escuadra-binomio, es decir, de dos a cuatro personas, que se dedican a vigilar el almacén; dicho pelotón realiza su entrada por la parte norte en actitud de reconocimiento del poblado, y una vez que el enemigo abre fuego causándonos una baja, nos vemos en la obligación de realizar una ruptura de contacto con el enemigo y realizar la recuperación y estabilización del personal herido”.
En este punto de las palabras de Ortega, el ruido que da cuerda al bosque parece silenciarse, como si algo grave estuviera a punto de desencadenarse. El capitán prosigue: “Tenemos que reaccionar, de ahí que establezcamos un nido de heridos y reorganicemos la unidad para que los francotiradores de la tercera sección ocupen una posición de tiro y observación en la parte superior de las edificaciones para facilitar que el segundo pelotón asalte el almacén de donde se abrió fuego”.
¿Llega ya el desenlace de la película, es decir, del ejercicio efectuado en plena naturaleza de los Montes de García Aladave? Llega pero antes de conocerlo, la actividad militar arroja más detalles curiosos, como el de los brazaletes de colores que se aprecian en el suelo: “Cuando uno de los nuestros tira un brazalete verde, significa que ese espacio está limpio de enemigos, que hay vía libre para operar con tranquilidad; si es amarillo, significa que el enemigo ha huido; cuando es azul, que hay un prisionero y cuando el legionario arroja un brazalete de color rojo, significa que el espacio no está limpio, que hay enemigos y que hay que actuar con cautela e inteligencia”.
Por lo armónico de la actividad, parece sencillo pero, tal y como indica, tras finalizar las actividades prácticas, el sargento Sautu, jefe del segundo pelotón, “no lo es, y eso a pesar de que nosotros estamos en una forma física óptima y obedecemos al pie de la letra las indicaciones que están programadas”. No obstante, Sutu considera que “los ejercicios más pesados ya han pasado que son esos que se repiten una y otra vez para que asimilimos cada movimiento, que nada tienen que ver con esta representación que son algo así como la guinda del pastel”.
La guinda de un pastel, que es la guinda de la película: “Habíamos dejado al segundo pelotón asaltando el almacén de donde salió el fuego”, retoma el hilo el capitán Ortega, “para que avance por el interior de las edificaciones hasta encontrar y situarse en una línea probable de asalto desde la cual lanzará el asalto final al almacén del enemigo”.
En efecto, ahí está, cómo el pelotón carga el fusil ‘H&K G36’, calibre 5,56, lanza una granada, se adentra en el interior del inmueble, “y tres contra uno, como exige el protocolo que direme lo que es aconsejable”, dice el capitán Ortega, acorralan al enemigo y lo baten a disparos. Pero estén tranquilos porque el que estaba en el suelo ayer, en García Aldave, era un herido de mentira y además cómplice.












