En este pueblo la oposición está marcada. Algunos partidos más que otros, hasta el punto de que cualquier denuncia que hagan provoca una cascada de negaciones o, peor aún, de amenazas. Yo siempre he entendido que el juego político se debería basar en eso: unos gobiernan y el resto hace oposición, que consiste en sacar a la luz lo que se considera que no está bien o lo que, de entrada, suena raro. ¿Qué ha hecho Fatima Hamed? Pues pedir explicaciones sobre la inyección de 1,4 millones de euros a la empresa Trace y cómo se vincula ese gasto con el coronavirus. Ojalá fuera cierto que a base de lejía se quita el virus, pero va a ser que eso, todavía, no lo hemos logrado. La respuesta que obtenemos por parte del Comité de Empresa de Trace es la de instar a los trabajadores que puedan verse afectados por la anulación de ese plan de servicios a acudir a la sede de MDyC a pedir explicaciones a Fati y su partido. Ni son las maneras ni son las formas ni, democráticamente hablando, advertencias así ayudan a esa solicitada transparencia con la que algunos se llenan la boca.
Lo de Fati, el decreto y Trace es solo un ejemplo del tipo de reacción que se acostumbra a tener en este pueblo a lo que denuncia la oposición. O, mejor dicho, a lo que denuncian los partidos que saben hacer oposición porque hay quienes únicamente generan revuelo y trasladan sus obsesiones a los plenos de la Asamblea sin más fin que calentar a su club de fans.
La oposición debe estar para fiscalizar, si no ¿para qué la tenemos?, ¿para cobrar dietas, salir en pantalla de vez en cuando, calentar el sillón y convertir esto en la ley del rodillo? Mal ejemplo han dado, cierto es, cuando en ese ‘grueso opositor’ ha habido demasiados cambios de chaqueta o acuerdos más que sospechosos. Cometen errores, pierden credibilidad ante el ciudadano y estropean lo que debía ser el buen hacer de la política.
Es sano, es de obligado cumplimiento, que se cuestionen decisiones que adoptan los que nos mandan. Es sano aceptarlas dentro de un debate que no se salga de determinadas líneas. Lo es porque el ciudadano, escarmentado ante tantos palos, necesita creer y para creer se le tiene que demostrar con algo más que un comunicado y sin amenazas que las cosas se hacen como se deben, sin que los avispados de turno lo tengan cada vez más fácil para hacerse los amos de Ceuta. Los amos y los únicos.






