Dijeron que esto de salir de casa debía llamarse nueva normalidad. Dijeron que esto de empezar a olvidar lo pasado era lo mejor. Y dijeron también que había que convivir con el virus, el mismo que llenó pabellones de cadáveres y que permitió que nuestros abuelos murieran en casa o en los pasillos de hospitales en donde no se les podía atender. Hemos olvidado demasiado pronto lo ocurrido, hemos sido unos egoístas buscando celebraciones en momentos en los que las familias cumplían en silencio con su duelo, hemos transformado aquel mítico aplauso de las ocho en una juerga constante a cualquier hora como si en la fiesta se nos fuera la vida. El virus está ahí, las muertes que contamos: cuatro esta semana, nos deberían dejar helados, conmocionados... Al contrario, las irresponsabilidades no solo continúan sino que van a más.
En algún momento nos olvidamos de aprender la lección para, al menos, sentirnos orgullosos como personas. Ni eso hemos conseguido. No solo incumplimos los consejos, sino que despreciamos el dolor de los demás, nos reímos del miedo social, desconfiamos incluso de la gravedad del momento en el que vivimos y, de paso, seguimos colaborando en esa labor de cargarnos el planeta. Somos únicos, despreciables y únicos. No hemos aprendido nada. El miedo duró unas semanas, unos meses... pero después la vida ha seguido el mismo rumbo con las preocupaciones más pueriles como bandera y con la deshumanización social hasta llevarla al extremo más vergonzoso.
No, no estamos bien. No, la situación no va a mejorar. Ni los duros zarpazos de la vida sirven para que colaboremos en que todo siga adelante de la mejor manera. Nos dieron la libertad y la inteligencia para que consiguiéramos esa combinación mágica que nos transformara en mejores personas. No ha sido así, ni tiene visos de que esto cambie. Eso es lo más grave, sin duda.






