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El destino

Por Redacción
06/02/2011 - 09:49

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Hace unos días, preparando una de las clases de la asignatura Historia y Cultura de las Religiones para mis alumnos de Cuarto de ESO, refresqué mis conocimientos sobre el taoísmo. Por si alguien no sabe qué es eso del taoísmo, les diré que más que una religión es un movimiento filosófico fundado en el siglo V a.C. por el filósofo chino Lao-Tsé, que se centra en reflexionar sobre el comportamiento humano. Sus enseñanzas se contienen en el libro titulado “El camino de la vida” (en chino, Tao-te-king, de donde la viene el nombre de taoísmo).
Pues bien, según el taoísmo el único camino para conseguir la felicidad consiste en estar en completa armonía con la naturaleza, con nosotros mismos y con los demás y mantener siempre la serenidad.
También piensan los seguidores de esta corriente filosófica, que nuestro destino está marcado desde el principio de los tiempos. El modelo de vida es la humildad para permitir que las cosas sean como tienen que ser: lo que tenga que suceder, sucederá. No podremos impedirlo.
¿Creen ustedes en el destino?. ¿Creen que cuando nacemos ya tenemos predeterminado lo que nos ha de suceder a lo largo de la vida?. Yo nunca he creído en nada de eso, siempre me ha parecido que es una posición excesivamente determinista que niega la libertad de la persona, la cual se encuentra manejada por unas fuerzas ocultas e inalterables que la llevan por unos caminos de los que no se puede apartar, haga lo que haga. Y no es esa la concepción que yo tengo del ser humano.
Siempre he creído que la persona es dueña de sus actos y de su destino, que pude dirigir su vida hacia donde quiere y que, aún cometiendo errores y con los límites que nuestras circunstancias nos imponen, llega a alcanzar los objetivos que se propone en la vida. Ya han visto al comienzo de este artículo que el taoísmo no piensa lo mismo.
En un relato que escribí hace tiempo y que titulé “La última conversación”, que fue publicado entre los que participaron en uno de los concursos de relatos organizado por la Librería “África Totem”, yo decía respecto a la suerte:
“No, no digas suerte –me replicó con energía-. La suerte apenas existe. Recurrimos a ella con frecuencia, pero sólo puede explicar una parte ínfima de los acontecimientos. La suerte está llena de recovecos, de coincidencias, de casualidades… Alinearlos todos para que coincidan es muy difícil. Sabes que he visto y conocido a mucha gente y lo que ha ocurrido en sus vidas no ha sido fruto de la suerte. Yo creo en las ideas, en su defensa firme y convencida, en el trabajo, en el esfuerzo, en la ilusión… pero no en la suerte”.
Sin embargo (y no porque lo diga el taoísmo) conforme vamos pasando las hojas del libro de nuestra vida, creo que estarán de acuerdo conmigo en que todos tenemos la experiencia de que a veces nos empeñamos en seguir por un camino, pero las circunstancias se dan de tal forma que hemos tenido que seguir otro muy diferente. Esta experiencia vivida por mí mismo y contada por otros, me ha hecho pensar que quizás lo que dice el taoísmo con respecto al destino no sea totalmente descabellado.
Hay quien al destino le llama suerte o coincidencia, aplíquenle el nombre que mejor les parezca pero viene a ser lo mismo. A veces esa suerte, destino o coincidencia nos lleva por caminos sinuosos que acaban situándonos en lugares o situaciones que nunca pudimos imaginar y que en principio nos pueden parecer buenas o malas, puede parecer que hemos tenido buena o mala suerte, que nuestro destino ha sido bueno o malo con nosotros. Pero quizás este primer análisis, esta primera impresión sea demasiado superficial y equivocado.
En algún artículo anterior les he comentado que todos los que tenemos ordenador, Internet y correo electrónico, recibimos a través de éste muchos mensajes o correos más o menos elaborados o acertados. Algunos de ellos, con mayor o menor fortuna, intentan hacernos reflexionar sobre algún aspecto o situación de la vida. Muchos sólo merecen ser borrados de nuestra bandeja de entrada inmediatamente pero hay algunos otros que merecen la pena que se conserven y de vez en cuando los volvamos a leer y a pensar sobre su contenido.
A propósito del destino, de la suerte o de la coincidencia, como le quieran llamar, me viene ahora a la mente uno de estos correos que recibí hace ya tiempo y que voy a pasar a reproducir de forma un poco modificada.
Cuenta una historia china que había una vez en una aldea un anciano padre que vivía con su joven hijo. Ambos se dedicaban a cultivar la tierra y criar animales. Un día, el único caballo que tenían se escapó y huyó a las colinas.
“El único caballo que teníamos se nos ha escapado” – dijo el padre.
“¡Qué mala suerte” – le dijeron los vecinos.
Pero el viejo chino les contestó:
“¿Por qué dicen mala suerte?. Esperemos y ya veremos”.
Efectivamente, al día siguiente el caballo regresó junto con doce caballos sementales más. Al verlos, el hijo los recogió a todos, los encerró en el establo y aseguró bien la puerta para que ninguno de ellos se volviera a escapar.
Cuando los vecinos se enteraron, corrieron a la casa del granjero y le dijeron al padre:
“¡Mira qué bien!. Antes tenías sólo un caballo y ahora tienes treces. ¡Qué buena suerte has tenido!”.
Pero el viejo granjero les contestó:
“¿Cómo saben que eso es buena suerte?. Vamos a esperar y ya veremos”.
A los pocos días, el hijo estaba trabajando con un trío de sementales cuando uno de ellos le dio una enorme coz y le rompió una pierna. El hijo quedó postrado en la cama sin poder trabajar ni ayudar a su padre en las tareas cotidianas. En cuanto los vecinos se enteraron, fueron inmediatamente a la casa del viejo granjero para manifestarles su tristeza por lo que le había ocurrido al hijo.
“Tu hijo se ha roto una pierna y ahora no puede hacer el trabajo que hacía diariamente. ¡Qué mala suerte!”.
El viejo granjero les respondió una vez más:
¿”Por qué sabéis que es mala suerte?. Esperemos a ver”.
Efectivamente, al cabo de unas semanas se desencadenó una guerra por aquellas tierras y los militares iban por todas las aldeas reclutando hombres jóvenes para el ejército. En la aldea del viejo granjero reclutaron a diez jóvenes, los cuales nunca regresaron de la guerra. Pero al ver a su hijo postrado en la cama con una pierna rota dijeron:
“Este con una pierna rota no nos sirve para nada, sólo será un estorbo”.
Y lo dejaron en la aldea por tener la pierna rota, con lo cual posiblemente salvó la vida.
¿Qué les parece la historia?. No sé si ocurrió o no, pero podría ser perfectamente real. ¿Cómo le llamaría a esto?. ¿Destino, suerte, coincidencia?. Caso de que la historia fuera cierta, ¿estaba predeterminado que todo tenía que ser así o sólo fue fruto de la coincidencia?.  Quizás en la vida haya un poco de todo esto.

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