En los primeros siglos de soberanía portuguesa y más tarde española, Ceuta era una avanzadilla fortificada de Europa en la costa magrebí, zona atestada de terribles piratas que no cesaban de lanzar razias contra las costas andaluzas. Resulta apasionante imaginarse cómo se aprovisionaban de víveres los militares ibéricos que mantenían los siete torreones ondeando en El Hacho, rodeados de enemigos por tierra y mar .
Esa misma pregunta se hizo Clifford A. Wright, uno de los escritores culinarios más reconocidos a nivel internacional, quien ha elaborado un artículo histórico-gastronómico sobre “La comida y los presidios españoles en la costa norteafricana”.
Wright, galardonado en el 2000 como mejor escritor y autor del libro del año en los premios ‘James Beards’ (una especie de ‘Oscars culinarios’), cuenta que Fernando el Católico, ante la presión turca y la amenaza pirata en el Mediterráneo, decidió “construir una línea de presidios a lo largo de la costa norteafricana”.
“Complementando a los presidios, los españoles también construyeron grandes obras de defensa por todo el sur de Italia y para 1567 existían más de 300 torres de vigilancia a lo largo del reino”, apunta.
Según el escritor, “los presidios representan una gran oportunidad perdida para los españoles” porque no llegaron a utilizarlos para conquistar el Magreb entero. A pesar de ello, Wright resalta el rol de las nuevas defensas para contener a la flota turca, que desde entonces “rara vez cruzó la línea Nápoles-Sicilia, donde las bases cristianas de Malta y La Goleta en Túnez podían amenazarles”. En este punto, destacaba la base española de Messina, en Sicilia, “que ocupaba una posición dominante en el angosto canal”. El puerto, según narra, tenía fácil acceso al trigo siciliano y a Nápoles, desde donde le llegaban hombres, velas, galletas, toneles de vino, vinagre y diverso material bélico.
“Los presidios -prosigue- se convirtieron en pequeñas ciudades, como islas, más apoyadas por mar que por las tierras circundantes. Mazalquivir, Ceuta, Melilla y La Goleta fueron todos ellos presidios en los que había molinos de viento, polvorines, cisternas”, además de poderosa artillería (“su razón de ser”, dice).
Las buques españoles proveían “agua fresca, pescado y garbanzos, necesarios para alimentar los presidios. Los convoyes partían del puerto principal de Málaga para abastecer los presidios, esquivando a los corsarios de Argel o Tetuán que a veces capturaban estos barcos y revendían su carga”. A pesar de ello, otras pequeñas embarcaciones españolas llevaban desde Valencia y Andalucía “arroz, perfume e incluso contrabando” para Argel, asegura Wright.
Al parecer, los españoles emplazados en estos lares no tenían el rancho seguro: “Cuando los corsarios interceptaban los envíos de alimentos a los presidios cundía el hambre. Pero cuando la comida llegaba a estos presidios aislados, la cena era a menudo previsible. La dieta de los presidios a lo largo de la costa de Berbería en enero de 1569 consistía en harina, vino, carne salada, manteca de cerdo, garbanzos, atún y aceite de oliva”.
“Sopas y guisos sencillos eran consumidos por los aventureros que guarnecían los aislados presidios y por los corsarios que les atacaban, y siempre contenían garbanzos”. Ya saben, la próxima vez que tomen un plato de garbanzos piensen que renuevan una tradición centenaria.






