Martes, 11.15 am hora local. Un grupo de aguerridas limpiadoras de la consejería de Medio Ambiente llevan más de una semana trabajando en la limpieza de un solar en la calle Canalejas.
Han quitado ya cinco contenedores, en su mayoría de basura que los vecinos de la zona dejan ahí en vez de tirar en los contenedoes adecuados.
Dos de ellas, Karima y Jamila, encuentran un aparato metálico con forma de piña, y lo cogen. Se les queda la cara blanca y el corazón empieza a latir a una velocidad inusualmente alta, tanto que Karima siente que va a traspasar su pecho y salir huyendo por la calle del peligro. Normal, se dan cuenta de que tienen entre las manos una granada con la anilla oxidada, pero una granada al fin y al cabo.
Las dos heroínas, que ven su vida peligrar, llaman a la encargada. “¡Himo, Himo!”. La responsable del grupo se acerca y, haciendo gala de su responsabilidad y sus dotes de liderazgo entre la brigada de limpieza, tira de sangre fría y dice que pongan la granada en una esquina, apoyada en un bordillo. Coge su teléfono móvil, y marca el número de la Policía, en una llamada que le agota el saldo del móvil. Los agentes de la ley, les dice que muy bien por haber dejado el artefacto ahí sin tocarlo, y se van.
Antes de partir, les avisan del posible peligro, que anden con cuidado; y si encuentran por casualidad otro artefacto de similares características, que avisen a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y de la Autonomía, que analizarán con lupa tan sospechoso solar lleno de basuras y quién sabe qué otros secretos explosivos.
Las operarias de limpieza terminan su trabajo llenando un contenedor (el quinto en una semana), y se sientan a comentar la jugada. Ahora se ríen, pero durante unos instantes han tenido la sensación de peligro.
El artefacto, por su parte, es derivado a la Policía Nacional, que lo examina con cuidado. Con mucho cuidado, para, horas después, a mediodía, determinar que se trataba, simple y llanamente, de un mechero con forma de granada.






