Hay noticias que cuesta creer. La entrada de un kamikaze por la frontera, conduciendo una furgoneta cargada con 52 personas es una de ellas. Me imagino a esos hombres, mujeres y niños hacinados, transformados en pura mercancía y sintiendo una carrera alocada con gritos, golpes... y todo ello a oscuras, en una madrugada de viento, lluvia y mucho frío. Parece una película de terror, pero no es más que el reflejo de una acción que un inhumano, un miserable, puede llevar a cabo. El comercio con personas, su tráfico como si fueran esclavos, se ha convertido en algo habitual, a lo que tristemente nos habituamos. Hablamos de inmigrantes como si fueran números, los cosificamos, los identificamos con la criminalidad y los convertimos en motivo de odio para una sociedad que los teme. Y así, con esa composición de lugar, termina siendo normal que las primeras y únicas declaraciones políticas hechas se hayan centrado exclusivamente en hablar de la frontera y no en la miseria y la exposición a la que se enfrentan estas personas.
Lo de ayer fue un milagro. Pensar que en esa furgoneta iban 52 personas es complicado. Pudimos estar hablando hoy de una auténtica carnicería, de una tragedia... pero afortunadamente estamos hablando de algo distinto y todas esas personas tienen su espacio en el CETI, sanas y salvas. En la deshumanización actual nadie se ha preguntado cómo lo pasaron, cómo están, cómo vivieron esos momentos. Los mensajes se han movido entre la petición de ceses y las críticas a una falta de seguridad que, estarán conmigo, poco se puede garantizar ante situaciones extremas como la vivida. Por mucho que se diga o se critique. Ahora toca atacar a la delegada, pues vale. El blanco fácil para quienes ni siquiera han reparado en darle la vuelta a la tortilla y abordar el problema con la seriedad debida. Lástima.






