La trama de adopciones ilegales que ahora está investigando la Fiscalía de Algeciras ha dejado un buen número de víctimas que, de alguna u otra forma, han tenido que sufrir por la barbarie que cometieron otros al ‘robarles’ a sus hijos, hermanos, sobrinos e incluso, en el caso de los propios adoptados, sus identidades. El concepto clave en toda esta maraña es la mentira. Mentira de unos padres que compraron a sus hijos y no les dijeron que eran robados, y mentira de unos papeles y certificados que aseguran que son hijos legítimos de quienes un día realizaron un simple trueque.
Carmen Rodríguez, madre a la que le quitaron su hijo en una clínica de La Línea, se siente hundida, culpable. “A veces pienso que podría habría haber hecho algo más”, dice. A ella le dijeron que su hijo había muerto en el parto e incluso le enseñaron el cadáver de un recién nacido. Tiempo más tarde comprobaría que ese no era su hijo. “Ahora tengo una pequeña ilusión: ¿Y si estuviera vivo?”, se pregunta con nostalgia. Su parto ni siquiera consta en los registros y su hijo tampoco aparece como fallecido, eso mantiene la llama de la esperanza viva, aunque a ella la privaron de ver crecer a su hijo. El caso es muy parecido al del hermano de Cristina y Flor Díaz Carrasco. Ellas contaron que que su madre había tenido mellizos en 1967, en la misma clínica y con el mismo médico que Carmen. A ella también le dijeron que los bebés habían muerto al nacer y se negaron a mostrárselos. Con mucha insistencia, la abuela de los Carrasco pudo ver uno de los cadáveres. Le llamó la atención que el cuerpo pareciera excesivamente robusto y que tuviera una mancha en el cachete izquierdo. Aquel no era su nieto. Le hicieron incluso una foto. Cuando Carmen Rodríguez vio esa foto no dudó un instante: “Ese es mi Jesús, mi niño”, a ambas le habían mostrado el mismo bebé, aunque con un año de diferencia.
Las víctimas de este tipo de adopciones sólo buscan una cosa: “Recuperar mi identidad y saber el día en que nací”. Así lo aseguraba la protagonista del único caso confirmado en la ciudad de Ceuta. Otros como Antonio Barroso, presidente de la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Ilegales (Anadir), aseguraba en un reportaje en ‘El País’ que “No me llamo Antonio, ni me apellido Barroso. No sé si nací en Zaragoza y no sé si fue un 18 de febrero. Mi vida es una mentira”. Este es un patrón que se repite entre los adoptados: “quiero saber la verdad”. El descubrimiento de sus orígenes tampoco suele ser sencillo. Barroso explicaba que “los niños en el cole me decían que mi madre no era mi madre. Una vez le pregunté a ella y me dijo que no, que ni mucho menos. Ahí acabó la historia”. El caso de la ceutí fue más visceral, “un día descubrí que mi grupo no coincidía con el de mis padres y empecé a sospechar”. En su caso hay un sueño que se repite incesantemente: “Yo estoy feliz con mi familia, viene un hombre a buscarme y me separa de mi padres”. Según contó a ‘El Faro’, el psiquiatra le ha dicho que no es un sueño, sino un recuerdo. A lo largo del tiempo ha podido ir obteniendo alguna información, aunque no toda la que querría. “Mi madre estuvo fingiendo su embarazo con un cojín porque se lo dijeron en el hospital”, aseguraba. Esta adopción provocó que su familia -la que la compró- tuviera que salir de Ceuta a escondidas. “Mi madre nunca me lo perdonó y me lo hizo pasar muy mal (...) y mi abuela ni siquiera me dio un beso nunca”, cuenta emocionada mientras intenta recomponer el puzzle de un vida que nunca tuvo que desaparecer.






