Se ha perdido el miedo. Lo dicen los expertos. Y la pérdida del miedo en torno a su contagio ha provocado ese efecto contrario: que sigan apareciendo casos. En nuestra ciudad, en concreto, entre cinco o seis por año. Y el 90% de los que aparecen se da entre jóvenes varones, un sector de la población al que no le falta información, que sabe las formas de contagio pero que se ha entregado a esa falta de miedo.
La aparición de los primeros casos de Sida en nuestro país constituyó un efecto demoledor. Aquellas imágenes, las formas en que morían, los pocos supervivientes que quedaron en el camino... Las campañas informativas tuvieron su efecto y poco a poco, venciendo incluso las mentes retrógradas que poco colaboraban con su actitud, se consiguió hacer frente a una enfermedad. Los avances médicos fueron significativos y así nos hemos instaurado en una época en la que se supone que el control debiera ser la tónica y nunca el relajamiento, que tanto daño, por cierto, hace entre los sectores jóvenes.
No se debe bajar la guardia. Tampoco de forma institucional. El puente de la Constitución y La Inmaculada ha ganado la batalla a la conciencia y entramos en el Día Mundial de Lucha contra el Sida sin, tan siquiera, un acto institucional, una comparecencia pública, algo de mayor peso que los cuatro detalles con los que se ha querido despachar una jornada que tan solo ha sido culpable de incomodar en el calendario.
Los descuidos, el mirar hacia otro lado, el no centrarnos en los peligros que persisten pueden tener un efecto pernicioso en contra de una lucha que costó muchos esfuerzos y se llevó demasiadas muertes.





